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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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16 Junio 2019 04:00:00
Diplomacia improvisada
Según parece, alguien no ha entendido que no es cuestión de ideologías, tampoco de opciones que puedan elegirse o rechazarse, sino realidades que caracterizan a esta época.

La globalidad de los fenómenos sociales -incluidos los económicos, los políticos y, en general, los culturales- impone circunstancias de las que no puede escapar ninguna comunidad, por “nacionalista” que sea.

En la actividad política internacional, compleja y complicada como es, siempre se ha requerido un alto grado de sofisticación que solo puede alcanzarse con una preparación acuciosa y una práctica constante y bien encaminada. No tiene cabida en ella la improvisación.

Para México, además, siempre ha sido de la mayor importancia la bilateralidad que impone la vecindad con Estados Unidos de América, cuya vis imperial es bien conocida y ha sido fructífera para ellos desde que, a principios del siglo 19, se hizo presente la “doctrina Monroe” que, exacerbada hacia la mitad de ese siglo por la que se conoce como “destino manifiesto”, ha sido asumida en ese país como una suerte de misión mística, que no deja de tener, las más de las veces, el mero valor instrumental de los pretextos a partir de los cuales se ha querido justificar la intervención en otros países, con el propósito real de proteger los intereses del “guardián de la democracia y las libertades”, como se ufanan de ser.

Hoy, con Donald Trump en la Casa Blanca, esa destreza y el oficio que con ella caracterizó a nuestra diplomacia, se echan de menos.

El presidente estadounidense amenazó, tajantemente, con imponer progresivamente aranceles a los productos mexicanos si nuestro país no protegía las fronteras del vecino norteño contra la “tremenda” amenaza de los “bárbaros del sur”.

La delegación mexicana, encabezada por el secretario de Relaciones Exteriores -¿nadie de Hacienda?- pudo por fin, y después de una larga y nada enaltecedora antesala, “negociar” que la medida no fuera aplicada de inmediato.

Creo que el gran respiro y las campanas a vuelo con que aquí se hizo el anuncio, no se justifican, porque la medida no se eliminó, sino que fue aplazada y queda sujeta a que aquel país “evalúe” el grado de cumplimiento de los compromisos que nuestras autoridades diplomáticas adquirieron a cambio, y que no son poca cosa, porque, en primer lugar, implican la renuncia a una tradición hospitalaria de México y, en segundo, contradicen en los hechos el discurso del presidente López Obrador, que reiteradamente se ha pronunciado por abrir las puertas a los migrantes y hasta trabajo les ha ofrecido.

Hace falta, es evidente, una política clara en materia de migración, en la que los frágiles equilibrios no se rompan, pero de ahí a ceder como se hizo ante una presión tal legalmente discutible, hay un trecho largo.

Por otra parte, nadie puede llamarse a sorpresa, porque ya Mr. Trump había advertido que, al negociar, siempre presiona intensamente; si ve debilidad en su contraparte, presiona más.

Tampoco hubo sorpresa en su exigencia de que el gobierno mexicano contuviera desde su frontera sur las oleadas de migrantes centroamericanos -y ahora también africanos- que no quieren otra cosa que llegar a los Estados Unidos y establecerse ahí.

¿Por qué, entonces, no se tomaron medidas diplomáticas para atemperar ese impulso y resguardar los intereses mexicanos?

¿Es laudable echar las campanas a vuelo porque la presión arancelaria se aplazó y quedará sujeta a la evaluación de quien amenazó con aplicarla? ¿Hay compromisos ocultos, como algunos han dicho, en el pacto de la semana que concluyó?

Aunque no los hubiera, se sabe que, adicionalmente a las medidas migratorias, se convino en adquirir productos agrícolas de los granjeros estadounidenses, lo que se añadió “de pilón” a las exigencias originales.

Faltó previsión, destreza y oficio. Hubo, en cambio, como lamentablemente ha ocurrido en otros campos, un exceso de improvisación, rayando en la ingenuidad, que ya no cabe, si alguna vez lo hizo, en la diplomacia.
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