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Joel Almaguer
Joel Almaguer
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Inició sus estudios en la Universidad Autónoma de Coahuila, donde tuvo como maestros a Gerardo Monjarás y en sus últimos años al reconocido pianista regiomontano Gerardo González. Ha desarrollado su actividad musical como pianista en danza y como acompañante de cantantes principalmente. Ha participado en musicales como pianista. Imparte diplomados en historia de la música para la UAdeC. El año pasado vivió en Francia donde tuvo oportunidad de compartir su talento musical. Música Sobre Ruedas es un proyecto que ha desarrollado para compartir música en espacios públicos. Actualmente también es miembro de la Orquesta Filarmónica del Desierto donde participa activamente en el Coro Filarmónico. [email protected]

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23 Junio 2019 03:00:00
Divagaciones sobre la Patética
Apenas me di cuenta cuándo dejé de estar en el lugar que me encontraba sentado. La interpretación de la Sonata No. 8 en Do Menor, Op. 13 de Ludwing van Beethoven de mi alumna no era particularmente evocadora. Más bien mecánica y desentendida. De esas ejecuciones por parte de personas con demasiado talento, poca emoción y aún menos intenciones de dejarse llevar por las tormentosas emociones de un compositor como Beethoven.

Pero en un momento dado, quizá debido al cansancio de un viernes por la tarde o la urgencia de sentirme arrastrado por la rabia del primer movimiento, dejé de escuchar. Dejé de estar donde me encontraba y me vi a mí mismo sentado en casa de mis padres, con la luz polvosa que entra por la puerta principal en las tardes de verano.

El equipo de audio Panasonic era de esos que podían leer cassettes y vinilos, pero no cds porque aún no eran comunes. Con una taza de café en la mano estaba dispuesto a escuchar no la Patética sino la Sonata Op. 27 No. 2 en Do Sostenido Menor Quasi una Fantasia, que desde siempre he llamado como todos Claro de Luna.

La interpretación de Emil Gilels me emocionaba mientras crepitaba el vinilo de La Música Más Bella del Mundo, famosa colección de música clásica del Reader’s Digest.

Eran los tiempos de buscar la música, de tener unos cuantos discos, todos ellos de mi madre, y escucharlos una y otra vez hasta que las notas se adherían a la memoria. Ya en ese entonces vivir en medio de la fantasía era una necesidad que buscaba a cada momento.

Por eso me enamoré de la música y decidí dedicarme a ella. Poner uno u otro de los vinilos de la colección era un placer que ya sentía nostálgico incluso en ese preciso momento.

El concierto No. 21 Kv. 467 para Piano y Orquesta de Mozart también vino a mi cabeza mientras mi alumna seguía sin interés alguno y con una lectura casi impecable las notas del segundo movimiento de la sonata.

El sonido del piano estaba ahí, vibrando entre las paredes del salón y un poco modificado por las aspas de un ventilador de techo que removía mis recuerdos. Miré mis manos que seguían las notas de esa tonalidad de la bemol tan apreciada por Beethoven y me di cuenta de que la emoción por la música sigue ahí, infatigable, inagotable, cada vez más grande entre los afanes de la vida diaria.

Por eso me fugué durante esa hora de clase, con la ayuda del sonido de un piano un tanto desafinado y la interpretación de mi alumna, aunque fuera un momento, un pequeño instante de infinito.
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