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Aida Sifuentes
Aida Sifuentes
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Es originaria de Sabinas, Coahuila. Egresó de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila y actualmente estudia ingeniería civil en la misma universidad. Colaboró en el Centro Cultural Vito Alessio Robles como correctora de estilo, y se ha desempeñado como periodista cultural. Es ajedrecista profesional y lectora por vocación.

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09 Abril 2019 03:54:00
Documentar lo no importante
Decimos aborto y la palabra causa náuseas. Es un tema que muchas prefieren no tocar para no herir susceptibilidades, pero Marta Sanz en Daniela Astor y la Caja Negra (Anagrama, 2013) no se conforma con poner el dedo en la llaga y producir una pequeña incomodidad, ella está dispuesta a meter el puño entero en la herida y abrir el palmo en el interior. Que todo explote. Que el dolor sea tan grande que todas puedan verlo. Para mostrarnos las muchas caras del sufrimiento que implica elegir si tener un hijo o no.

La voz narrativa pertenece a Catalina, una niña de 12 años que no sólo debe lidiar con los conflictos clásicos de adolescente: compartir secretos con su mejor amiga, la precocidad, el despertar de su sexualidad, soñar con una vida de lujos y fama; sino que también se enfrenta el desmoronamiento de su familia sin que  sepa bien a bien qué es lo que sucedió.

Ella adora a su padre. Lo describe como un hombre guapo, trabajador, comprometido con las causas sociales: una vez salió a protestar por el aumento del pan, señala impresionada. No la lleva tan bien con su madre, una asistente de enfermera empeñada en seguir estudiando, algo quejumbrosa, enfermiza y regañona.

La historia la construimos a medias entre las fantasías donde se reinventa como Daniela Astor, una top model que vive de la farándula; y los murmullos que se cuelan por las paredes cada que los adultos hablan de un tema importante y la mandan a su habitación para que no pueda escuchar.

Poco a poco vamos descifrando la trama: su mamá parece tener una enfermedad crónica y otro bebé en camino. La familia se nubla entre reyertas y tristeza. Confusión. La decisión se toma y todo viene abajo. Su mamá termina en la cárcel. Su papá desaparece del mapa. Sin otra opción, termina acogida en casa de su mejor amiga. De pronto, su familia ya no existe.

Catalina se refugia en su álter ego para no tener que digerir la realidad. Se niega a preguntar qué sucedió o qué es lo que va a pasar. Prefiere convertirse en la guionista del documental sobre los lujos y excesos de Daniela Astor, sus viajes por el mundo, amoríos con famosos, los minuciosos y frívolos detalles de su vida que a nadie podrían interesarle.

A veces somos como una adolescente se esconde en una fantasía infantil antes que encarar los problemas. Dejamos a miles de mujeres morir, cargar con hijos que no pueden mantener, parir sin estar en buenas condiciones de salud, mentales, económicas. O si no, las enviamos a la cárcel sin derecho de réplica.

Emitimos un juicio con rudeza y luego volteamos nuestra mirada hacia otro lado: seguimos con apego un partido de futbol, las novedades de películas, los chismes de los famosos. Levantamos el dedo inquisidor, tan sólo para arrojarlas al fondo de esa caja negra para dejarlas sepultadas donde no las veamos y ni siquiera las pensemos. Las ocultamos ahí sin preguntar por qué, cómo, cuándo. A nadie le importa qué le pase a esas mujeres. Ni antes ni después del aborto.
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