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Cholyn Garza
Cholyn Garza
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Cholyn Garza nació en Veracruz. Radica en Piedras Negras, Coahuila desde 1961. Es licenciada en Desarrollo Humano y Diplomada en Derechos Humanos. Se inició profesionalmente en el periodismo en 1995 en el Periódico Zócalo de Piedras Negras. Le preocupa la problemática social y le apasionan los temás políticos.

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28 Marzo 2020 03:00:00
Dolorosa y necesaria enseñanza
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Hoy, a querer o no, nos encontramos en un encierro obligado por las circunstancias que prevalecen ante una emergencia sanitaria. Considero que los ciudadanos hemos estado actuando con responsabilidad acatando las indicaciones de nuestras autoridades. El propósito de la reclusión es evitar el contagio del COVID-19 y por ende la posibilidad de transmitirlo a otros.

Ante la pandemia que hoy amenaza a la humanidad, la situación de indefensión en que los habitantes de este planeta nos encontramos al no contar con una cura que permita ofrecernos la alternativa de solución al grave problema que enfrentamos, nos damos cuenta lo vulnerables que somos y lo desagradecidos que hemos sido con quien nunca nos abandona: con DIOS.

El, que nunca se equivoca, ha permitido esta dolorosa lección que nos está permitiendo meditar, reflexionar y valorar lo que tan generosamente hemos recibido. Hemos ofendido muchísimo a quien tanto nos ama y en muchos de los casos hay quien lo reta al sentirse superior.

Ante esta pandemia, invocamos a Dios y a su Misericordia cuando lo hemos relegado para satisfacer nuestras vanidades y egoísmos. Generalizo porque, si el mundo, la sociedad está en decadencia moral y espiritual es porque de alguna manera todos hemos caído en el juego perverso de ciertos estereotipos.

Bien lo dijo el Papa Francisco en su bellísimo mensaje dirigido a todos por igual en el momento histórico que nos ha tocado vivir, en una Plaza de San Pedro completamente vacía. “Con la tempestad se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”.

Ante el enemigo que hoy nos amenaza a todos por igual, el COVID-19, que no hace distingos entre raza, religión, estatus social y económico, debemos dirigir la mirada al Cielo para pedir perdón por todo lo malo que hemos hecho o lo bueno que hemos dejado de hacer.

Se le dio más importancia a los superfluo que a lo verdaderamente valioso. Había que destacar a como diera lugar, escalar posiciones sin importar si se “pisaba” a alguien más. Lo importante era llegar y lograr un objetivo personal.

El individualismo se ha practicado terriblemente y ha crecido la soberbia de una manera peligrosa. En un afán enfermizo por “tener” más que de “ser” se engaña, se miente, se ofende.

Vemos fortunas acumuladas inexplicablemente sin saber cómo se hicieron, a cuántos atropellaron en el camino. Sin embargo, hay quién pretende seguir un ejemplo que dista mucho de ser el mejor.

Se abandona a una generación que requiere de atención, permitiendo conductas inapropiadas porque así lo dicta la modernidad, en una torpe percepción de “son otros tiempos”. Los padres fueron replegados contra la pared, por reglas impuestas por factores externos. El respeto se ha perdido.

Los adultos mayores ¡oh Dios! muchos de ellos han sido abandonados en asilos o en su propio hogar. Como si fuera un mueble viejo que estorba.

Las señales nos fueron enviadas hace ya un tiempo. Quizás nadie, por comodidad o ignorancia quiso verlas. La oportunidad de ser mejores también la tuvimos, la dejamos pasar.

El ego había que satisfacerlo. Pasarelas, eventos para presumir lo logrado o acumulado, practicando el “cuánto tienes, cuánto vales”. La sociedad, hay que reconocerlo, se llenó de antivalores. Olvidó el lado espiritual.

Hoy existe un inmenso vacío en el ser humano; un vacío interior que tendrá que ir llenando de amor, de respeto, de preocupación por lo importante dándole su verdadero valor a las cosas.

Muy triste es el abandono, el descuido que se hace de lo que deberíamos cuidar; y las consecuencias no se hacen esperar. Descuidamos nuestra casa común, el planeta que habitamos. Madre Natura nos hizo reclamos enviando señales a través de fenómenos naturales y la extinción de animales, que no fueron atendidos.

La pandemia, nos hizo reflexionar al observar calles y plazas que hoy lucen vacías. Venecia, nos permitió ver un espectáculo maravilloso, canales limpios, peces nadando y hasta delfines disfrutando su hábitat.

En países donde la contaminación impedía ver el color real del cielo a causa del monóxido de carbono que generan las empresas, la disminución de actividades favoreció un cambio considerable. La calidad del aire se modificó para bien.

Definitivamente el planeta necesitaba un respiro. Le urgía descansar de la barbaridad humana.

Ante el miedo natural que nos acompaña porque como seres humanos nos sabemos vulnerables, está la fe, la esperanza porque pronto habrá de pasar la tempestad y habremos de recuperar los verdaderos valores como el amor, la amistad, el entusiasmo por las cosas simples.

No olvidemos a los héroes de hoy, personal médico, enfermeras, a todos los voluntarios que siguen luchando por salvar vidas a costa de la propia, Dios está con ellos y con cada enfermo.

Enfermos unos por haberse contagiado, pero también existen pacientes con otros padecimientos por los que hay que orar.

Nos quedamos con la bendición Urbi et Orbi que el Papa Francisco envió al mundo, y con su maravilloso mensaje. Mucho que meditar, que reflexionar y lo más importante, poner en práctica actitudes que nos distingan y nos eleven como seres humanos. Confío en Dios que saldremos adelante.

Aprovechemos la oportunidad que aún tenemos para darle gracias a Dios por un día más.
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