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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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16 Mayo 2019 03:35:00
Donde la piel
La recuerdo en el aula: ojos brillantes denunciando avidez de conocimientos. Tenaz, sensible, apasionada de la vida y de las letras, dueña de la envidiable capacidad de pulir como orfebre las frases sin que pierdan frescura adánica. En su más reciente libro, Donde la Piel, Claudia Luna se describe exacta en una sola línea, exigiendo ser llamada “mujer con la cabeza en llamas”. Autobiografía en seis palabras.

Siempre me ha parecido que el primer apellido de la poeta complementa un oxímoron perfecto: Luna. Oxímoron, porque ella, muy lejos de aproximarse a una personalidad selenita, es criatura solar.

En la nota de la cuarta de forros, José Luis Rivas hace atinada referencia a la devoción –¿fervor?– que Claudia guarda hacia Emily Dickinson, a quien dedica el primer poema del volumen. (Usé el término poema cuando quizá sería más exacto decir plegaria dirigida a la deidad-poeta norteamericana a la que se encomienda: “a ti mi alma encomiendo”, le ruega).

Esta suerte de contrasentido lo encuentro también en la afinidad que ella construyó, siente y vive con Emily Dickinson, mujer volcada en sí misma, que, como bien se sabe, pasó los últimos años de su existencia encerrada en su habitación, la cual abandonaba esporádicamente para arriesgar unos pasos por el jardín de su casa, acotada prolongación vegetal de su aislamiento.

A Claudia, en cambio, solo parecen palpitarle las pupilas y el corazón en la montaña y en el desierto. Lo suyo son los dilatados horizontes huérfanos de escollos que impidan el viaje sin fin del sentir y de la mirada.

Ahora, en un giro no exento de sorpresas, su espíritu de puertas afuera viaja ajustándose a un itinerario interior, cuya última frontera es su propia piel, ¿acaso sucedánea de las cuatro paredes de Emily?

En esa exploración de sí misma se permite ocasionales escapatorias hacia los recuerdos, en un intento de perfilarse de manera más nítida, como puede intuirse en El Valle de las Monjas: flotan mis cabellos// el manantial pasa un manto cálido por mi nuca// el sol atraviesa el agua// ilumina mis ojos// ilumina los peces// estos mis nueve años// para siempre. Capacidad de síntesis: aparenta sencillez enigmática que llega definitivamente a lo profundo.

Enclaustrar al yo en nuestra piel es un esfuerzo vano. El yo es producto también de las huellas de la memoria. Atenta a la recomendación de Dickinson: “Aprecia a tus padres, porque es un mundo aterrador y confuso sin ellos”, Claudia vuelve los ojos a la casa de sus mayores y pregunta a la madre: “¿dónde estás? // dónde tu sonrisa sostenida como nota de aridez”.

“El decir nada a veces dice más”, escribió Dickinson, y Claudia suscribe la frase en uno de sus poemas: “me miras// vuelves// me miras largo rato// y es ese tu decirme// anulando el lenguaje”.

Hay poesías que vuelven estrepitosamente sonoro el silencio, como vajilla de porcelana precipitada al suelo. Claudia conoce el secreto, posee la piedra filosofal capaz de dar sonoridad a los silencios.

En su transitar por las palabras, ha ido decantando el estilo, despojándolo de lo superfluo hasta dejar el verso en la médula. Donde la piel es madurado fruto de ese proceso depurador, en el que el lector se sumerge en un fluir de palabras-imágenes, que por momentos adquieren un ritmo jazzístico.

Continente y contenido se hermanan, pues la edición, con el sello de Mantis Editores, es de impecable buen gusto. (Fragmentos de la presentación de Donde la piel,13 de mayo de 2019, Feria Internacional del Libro Coahuila).
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