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Joel Almaguer
Joel Almaguer
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Inició sus estudios en la Universidad Autónoma de Coahuila, donde tuvo como maestros a Gerardo Monjarás y en sus últimos años al reconocido pianista regiomontano Gerardo González. Ha desarrollado su actividad musical como pianista en danza y como acompañante de cantantes principalmente. Ha participado en musicales como pianista. Imparte diplomados en historia de la música para la UAdeC. El año pasado vivió en Francia donde tuvo oportunidad de compartir su talento musical. Música Sobre Ruedas es un proyecto que ha desarrollado para compartir música en espacios públicos. Actualmente también es miembro de la Orquesta Filarmónica del Desierto donde participa activamente en el Coro Filarmónico. [email protected]

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14 Julio 2019 03:00:00
Dream. John Cage.
Los pájaros se despiden del día, ocultos entre los árboles. La luz de la tarde se puede tocar con los dedos, siento su roce por mi piel mientras se abren paso por entre los árboles del bosque hasta tocar el suelo con su resplandor. El silencio es casi total. Camino por entre la vereda cubierta de hojas de otoño. Los colores ocre en distintas tonalidades le dan al paisaje un aura especial. Miro mis pies avanzar por entre la senda que asciende la breve colina.

El frío me reconforta y me hace sentir despierto, me refresca el rostro mientras balanceo las manos durante el ascenso. No hay nada más que un bosque otoñal que está a punto de dormir un largo invierno, hojas apiladas en pequeños grupos formados al azar y una alfombra húmeda de hojas de otoño. Sin embargo hay algo que no encaja con la realidad, pienso.

De pronto me doy cuenta de la razón por la que tengo esta sensación. Es un sueño. Entonces levanto la mirada y miro al sol de la tarde despidiéndose entre las ramas de los árboles y lo siento real, pero mi cuerpo casi incorpóreo siente su cálida caricia. Al mirar hacia lo alto de la colina veo, del lado derecho, una cabaña de concreto. Más que una cabaña es una casa en mitad del bosque. Me recuerda a esas casas de los años 70 construidas entre calles empinadas, pero aquí está sola en medio de este lugar. Un coche antiguo de dos plazas aparcado en la cochera principal duerme como un animal amaestrado. Como una esfinge. Me acerco a la casa y llamo a la puerta, pero no hay nadie y esta cede sin la mayor resistencia. Sin temor, que quizás debería sentirlo, entro en la casa.

Curiosamente me siento tranquilo, con ese estado que los griegos llamaban ataraxia. Serenidad. La casa está vacía y tanto el piso de madera como las cortinas que danzan con el viento delante de las ventanas abiertas me revelan que no ha sido habitada en mucho tiempo. Mis pasos resuenan en el eco de esta soledad y mi corazón casi reverbera entre las paredes, sereno. Sin pensarlo me dirijo a la cocina, que encuentro vacía también salvo un detalle que pronto salta a mi mirada. En lugar de una isla común y corriente se encuentra un piano de cola cubierto de un polvo fino. Escucho el silencio y me acerco al piano con su tapa abierta.

Veo el bosque tras las ventanas de la barra de la cocina. Miro alrededor hasta detenerme en el teclado del piano que me resulta extraño. Sus teclas viejas están hechas de marfil y piedras preciosas, pero de una manera delicada, nada ostentosa, como si esperaran una música especial. No las toco, y me alejo como quien sale de un santuario. Un sueño, me repito, mientras me desvanezco lentamente.
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