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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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13 Enero 2019 03:30:00
Echándole gasolina a la lumbre

El desabasto de hidrocarburos, secuela de la lucha emprendida por el Gobierno federal contra el robo de combustibles, provoca problemas en varias ciudades del país, entre ellas la capital. Las demoras o incluso el descontento, a veces irritación, de automovilistas y transportistas son consecuencia lógica de esta escasez, pero no el problema más grave.

La irritación expresada a través de todos los medios es un mal menor si se le compara con el peligroso fenómeno de la polarización de la sociedad. A propósito del desabasto, el país se ha dividido en dos bandos al parecer irreconciliables: los que apoyan a ultranza y sin discusión al régimen encarnado en el presidente Andrés Manuel López Obrador, y quienes consideran el problema el anuncio de un Gobierno cuyo destino manifiesto es el desastre. Unos y otros, en especial a través de las redes sociales, están empecinados en convertir el asunto en una guerra. Más con el hígado que con la razón exponen, no sus argumentos sino sus convicciones.

No se trata de debatir, la intención es confrontar e insultar. Si usted se queja del desabasto, es un conservador, cómplice de los delincuentes o adorador del viejo sistema político –un asqueroso prianista–, que prefiere nos roben a perder tiempo en espera de que le surtan de combustible, cuando deberían caminar, utilizar el transporte público o montarse en una bicicleta. Por su parte, aquellos que defienden y confían en López Obrador son, para los descontentos, individuos no pensantes, manipulables, fascinados por la figura del tabasqueño. Lo peor es que la distancia entre los dos campos abrió una brecha que se ahonda cada día más, sin vislumbrarse cómo pueda darse un entendimiento.

La falta de claridad en los pasos a seguir es, a no dudarlo, un poderoso ingrediente para esta polarización, atizada, además, por la ambigüedad de los miembros del gabinete. La declaración de la secretaria de Energía, Rocío Nahle García, en el sentido de que el desabasto durará “el tiempo necesario”, no es para tranquilizar a nadie. Tampoco ayuda la incomprensible mudez del director de Petróleos Mexicanos, Octavio Romero Oropeza, quien ni siquiera contesta el teléfono cuando le llaman los gobernadores.

Gracias a esas ayudas, el peso de la crisis y el consecuente desgaste recae por entero en la espalda del presidente López Obrador y sus tempraneras conferencias de prensa, durante las cuales trata, sin mucho éxito, de explicar el porqué de la crisis. Sin embargo, tampoco es en esos encuentros con los periodistas donde se aclara la situación. Una de esas mañanas, el Presidente anuncia el cierre de un ducto a causa de dos actos de sabotaje, pero sin ofrecer mayores datos. Ante una revelación de este calibre cualquier reportero que se respete intentará obtener respuesta a las cinco preguntas básicas que le enseñaron en la primera clase de periodismo: ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿cuándo?

De las cinco preguntas sólo hay una vaga respuesta a la primera: ¿Qué sucedió? Bueno, se registraron dos actos de sabotaje en el ducto de hidrocarburos conectado a la Ciudad de México. Y estas no son las únicas interrogantes sin respuesta: ¿Por qué hay una decena de barcos cargados de combustible producido en Estados Unidos anclados frente a puertos mexicanos? ¿Cuál es la razón para no descargarlos? ¿Cuánto le cuesta a Petróleos Mexicanos la inmovilidad de los buques?

El desabasto, esperemos, terminará algún día, pero el encono subsistirá. Eso es lo peligroso.

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