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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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15 Febrero 2011 04:03:36
Educación deducible
Por lo relevante de la noticia, preferí pasar para el jueves la reseña de otro libro más de los que ahora estoy comentando con usted cada semana. A partir de ahora, lo que pague usted por la educación de sus dependientes económicos, desde preescolar hasta media superior, podrá deducirse de sus ingresos brutos para el cálculo de impuestos, hasta llegar a un límite que va de los 14 mil 200 pesos para preescolar hasta los 24 mil 500 para la preparatoria, bachillerato o media superior.

Con esto, la educación se acerca al estado que guardan los gastos médicos y los gastos funerarios, que son deducibles ya, pero no recuerdo que tengan límite alguno. Puesto que tanto la salud como la educación se supone que son obligaciones del Estado, parecería que hacer deducibles los servicios educativos debería haber ocurrido hace mucho tiempo.

Esta decisión tiene varias cosas a favor. Primero, justamente el que se equipare a los gastos médicos. Segundo, que reduce el costo educativo y por lo mismo puede impulsar la demanda. Tercero, que puede ser muy útil para fiscalizar a las escuelas (tendrán que otorgar recibos en forma, y por lo tanto tendrán que declarar impuestos). Esto puede resultar muy importante cuando finalmente se cobre IVA a los servicios educativos, si la idea de reforma fiscal sigue por ese camino.

En contra, el argumento fundamental tiene que ver con la famosa equidad. Al hacer deducibles los servicios educativos se está apoyando a quienes tienen ingresos suficientes para enviar a sus hijos a educación privada, y no pública, de forma que se acaba ayudando a quienes no son los más pobres. En el fondo, este argumento implica que los servicios educativos que otorga el gobierno son, necesariamente, menos buenos que los privados.

De otra forma no se entendería por qué quien puede pagar más optaría por hacerlo. Si ambos servicios fuesen exactamente igual de buenos, y el público es prácticamente gratuito, no tendría sentido para los padres pagar escuelas privadas. Si el argumento de que la deducibilidad beneficia a los menos pobres es cierto, lo es porque la educación pública es menos buena.

En parte por eso, me imagino, hay topes para la deducibilidad. Topes que sin duda serán efectivos, puesto que existen muchas escuelas que cobran bastante más que las cifras que le mencionaba al inicio. Los topes también tendrán la ventaja de impedir que se abuse de las deducciones.

Regreso a los puntos en contra. Fuera del tema de la equidad no imagino ninguna otra queja en contra de la deducibilidad. Y puesto que el tema de equidad no puede sostenerse a menos que se acepte implícitamente una menor calidad en la escuela pública, entonces ya no resulta tan poderoso. Tal vez el argumento podría modificarse aduciendo el carácter redistributivo del gasto educativo.

Esto partiría de imaginar que se da un servicio menos bueno en la educación pública en ciertas regiones menos pobres del país, porque se apoya más a las regiones pobres. El artículo del mismo lunes 14 de febrero de Elba Esther Gordillo en las páginas de EL UNIVERSAL dice lo contrario. Así que tampoco por acá podemos llegar muy lejos.

Resulta entonces que esta decisión de hacer deducible la educación no pudo tomarse antes porque hubiese sido imposible sacarla adelante en el Congreso, pero no por otra razón. Es decir, si en lugar de promulgar un decreto el presidente, su partido hubiese intentado promover la deducibilidad en la Cámara de Diputados, nunca lo hubiera logrado. La razón es precisamente el argumento de equidad al que nos hemos referido, que el PRI habría sostenido contra viento y marea, o si no quiere lugares comunes, contra cualquier argumentación, por más sólida que fuese.

Así lo han hecho con las reformas fiscal, energética, laboral, etc. Son sus creencias y basta con ello. Aunque hay que aclarar que Beltrones aseguró, ayer mismo, que la propuesta de la deducibilidad es del PRI. ¿Qué no gobernaban todo hace apenas unos años?

Si la deducibilidad permite que un grupo de personas decida salir del sistema público y moverse al sistema privado, habremos ganado con ello, porque eso reducirá la presión de demanda sobre la escuela pública, liberando recursos. Pero eso también reduce los ingresos del gobierno, evidentemente. Si educar a un niño o niña en la escuela pública tiene un costo equivalente a los topes que pusieron, entonces el gobierno pierde, cuando mucho, 32% por cada niño que se mueva. Gana el 68% restante en recursos liberados.

Pero como ya tenemos un porcentaje importante de niños y niñas en educación privada, ese costo, digamos, ya no se compensa. Sin embargo, resulta que el porcentaje de niños y niñas en escuelas privadas no es muy grande: según el INEE apenas 9% de los alumnos de primaria, y el 8.3% de los alumnos de secundaria asisten a escuelas privadas.

El porcentaje es muchísimo mayor en preescolar, a pesar de la brillante idea de los legisladores de hacer ese nivel obligatorio hace ya algunos años. En consecuencia, el costo para el gobierno de la deducibilidad será, cuando mucho, equivalente al 3% del gasto total en educación. Con todo, seguiremos siendo el país de la OCDE que más gasta en este rubro.

En suma, la medida de la deducibilidad de la educación tiene varios puntos a favor, mientras que en contra sólo tiene el argumento de equidad, que como veíamos, sólo resulta cierto cuando se asume una calidad inferior en la escuela pública. Y si el problema es ése, pues lo que tenemos que encontrar es una solución para él, y no esconderlo mediante un mayor gasto (que, por cierto, no resolverá el problema por sí mismo).

Sin embargo, la decisión tuvo que tomarse mediante un decreto y no, como debería haberse hecho, a través del Congreso. Nos ahorramos una discusión inútil y los gritos y lamentos de los de siempre. Sobre la calidad de la educación, platicaremos próximamente.

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