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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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10 Febrero 2019 04:00:00
El arte de escribir
"Escribir es ir y venir, del silencio a la palabra, de la lectura a la reescritura".
Javier Tinajero R.

Estoy por iniciar un nuevo ciclo de taller literario con Gerardo Segura. A través de su guía en el taller, he aprendido cosas importantes, entre las que destacan dos fundamentales: Cómo llevar a cabo una lectura crítica de textos, y cómo encontrar mi propia voz. Así que –pese a factores que podrían haberme desanimado—, me alegra el inicio de un nuevo ciclo.

Esta mañana, mientras me organizaba para elaborar la columna semanal, cayó del cielo la reflexión de Javier Tinajero respecto al oficio de escribir, la cual me permito utilizar como epígrafe. Disparó un orden de razonamientos personales, que deseo compartir.

Una gran amiga tallerista de Monclova, me hacía notar cómo hoy en día es muy sencillo publicar, gracias a la tecnología digital. Sus palabras me remontaron a 1981, cuando saqué mi primer libro. Recordé los linotipos de plomo, pruebas de galera y otros asuntos de la imprenta tradicional que en estos tiempos son piezas de museo. Con el advenimiento de la computadora personal, hoy en día cualquier persona puede publicar textos en diversos medios, o bien sacar un libro, sin toparse con mayores obstáculos para hacerlo: Los costos han disminuido de manera notable, y la digitalización ha facilitado las formas y acortado los plazos. La oferta literaria crece, y hay que seleccionar qué leer. Para quienes gustamos de escribir, surge la obligación de evitar quedarnos en nuestra zona de confort, publicando sin poner todo el esmero de que somos capaces. No conformarnos con volcar la idea y ya: Revisarla, soltarla y más delante retomarla, hasta conseguir su mejor expresión.

En ello radica –precisamente—la riqueza de un taller literario. Cada participante escribe un texto, del cual reparte copias entre los compañeros de sesión. Luego hace una lectura en voz alta, de manera que a la propia se suman las lecturas que cada uno de los participantes hace, desde su perspectiva personal. Son ellos los primeros lectores que nos señalan elementos fuera de lugar, confusos o mejorables, lo que finalmente deviene en un producto literario de calidad muy superior a la que tenía en un principio. Las aportaciones de cada uno de los participantes pueden tomarse en cuenta o no, a juicio del leído. No es obligatorio efectuar los cambios sugeridos, eso cada autor habrá de decidirlo.

Solamente quien ha tenido la experiencia de participar en un taller, cuenta con elementos para apreciar la diferencia entre trabajar de manera aislada, o hacerlo acompañado por esos primeros “lectores íntimos”, que impulsan a perfeccionar el texto. Supongo que algo similar debe suceder en talleres de cualquier otra disciplina; yo hablo de la que conozco, --la literatura. Valga aquí una cuña de cultura general: La dinámica del taller literario comenzó en México a mediados del siglo pasado, siendo uno de sus primeros impulsores el propio Octavio Paz. Anterior a ello hubo revisión de textos entre autores, pero no de forma estructurada.

Hallo las palabras de Javier Tinajero de una profundidad notable. Presentan el arte de escribir como ejercicio de reflexión frente a uno mismo, hacer una pausa, volver la vista a otro lado, para luego retomar la idea original. Una y otra, y otra vez. Tantas como sea necesario.

Las redes sociales son un recurso así de maravilloso como de infausto. Salvo casos extremos, permiten compartir todo tipo de contenidos, al margen de respetar o no a los demás. Se comienza con un asunto, digamos, de políticas pesqueras, y se termina trayendo a colación a las progenitoras de los participantes, de manera ominosa y hasta escatológica. A la vez, pueden representar maravillosos canales de comunicación, que proveen de elementos para percibir el mundo de otro modo. Por cierto, el epígrafe de Tinajero lo tomé de su Twitter.

La palabra escrita tiene una fuerza pocas veces imaginada. Aquello que leemos va modulando nuestros estados de ánimo; predispone el espíritu y orienta nuestras acciones, con una intensidad que supera los alcances de la imaginación. De allí la necesidad de seleccionar qué lecturas procuramos como escenario existencial.

Ahora bien, cuando nos decidimos por desarrollar la expresión escrita, adquirimos frente al lector en potencia, la obligación de decir las cosas de manera puntual. Pulir el texto hasta asegurarnos de que da cuenta precisa de lo que deseamos comunicar. Que escribir no signifique una mera catarsis, sino que las expresiones sean claras y auténticas; dotadas de un propósito más allá de uno mismo, que las vuelvan de interés para otros.

Escribir bien: Un arte que se aprende.

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