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Fausto Fernández Ponte
Fausto Fernández Ponte
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Don fausto fernández ponte es poseedor de un impresionante y sólido currículum: 50 años de periodista profesional. Su opinión y columnas periodísticas son respetadas en ese ámbito, por el prestigio que a pulso se ha ganado, es considerado una autoridad en su campo. Además de corresponsal de guerra, ha entrevistado a jefes de estado y de gobierno de la talla de Lyndon B. Johnson, Richard M. Nixon, Indira Gandhi y William Clinton.

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16 Abril 2009 03:38:31
El ayuno de Julio Ricardo
Muy pocas circunstancias y situaciones vivenciales le son ajenas

I
Julio Ricardo Blanchet Cruz ha visto y vivido casi todo y, por ello, muy pocas circunstancias y situaciones vivenciales le son ajenas, aunque ello no ha sido óbice para conservar intacta su capacidad –por cierto, enorme- de sorprenderse y aprender. Pero, a todo esto, ¿quién es Julio Ricardo? Tras un decurso azaroso de casi siete décadas, nuestro personaje se describe a sí mismo como sin adornos ni metáforas ni circunloquios: “Yo soy un hombre de mis tiempos y de mis vivencias”.

Y los tiempos de don Julio Ricardo han sido –son— desde su nacencia allá por los 40 del siglo pasado concurrentes con los estilos de vida de la sociedad mexicana influida por los paradigmas prevalecientes entonces en el desarrollo de ésta.

“Mis convicciones son profundas, definitivas, consecuencias de lo aprendido y, sobre todo, lo vivido y experimentado”, dice. Ha conocido la pobreza material y espiritual y la riqueza y la grandeza experiencial y del alma, la intrínseca y la adquirida, cultural”.

Este hombre ha ejercido y continúa ejerciendo influencia sobre otros, directa o indirectamente, en las muchas vertientes, instancias y niveles de las relaciones humanas, personales o sociales. Es, sin duda, vector decisivo en la vida de terceros.

No en vano. Su oficio, desde hace ya muchos años, ha sido el de comunicar ideas, hechos y sucedidos, opinar con franqueza aguda, con zumbonería incluso, sin tapujos ni eufemismos, lejos de las hipocresías. Su lisura es entendida como irreverente.

Sus juicios de valor los depura, al expresarlos, mediante asepsias retóricas; por ello, su franqueza parece tajante, específica, despojada de generalidades. Y aunque tiene verdades propias, comparte la noción de que cada quien tiene su verdad.

III

Y no sólo eso: piensa que la verdad de cada quien debe, a su vez, ser compartida, según el principio voltaireiano, para él caro, debe ser dicha, divulgada, comunicada a todos lo que, por supuesto, quieran oírla y, sobre todo, escucharla.

Aborrece la censura y, aún más, la censura que los hombres y las mujeres de la difusión impresa, hablada o visual se imponen a sí mismos causados por los imperativos de la supervivencia laboral y la conveniencia crematística.

Ha sido censurado y, por tanto, ha sufrido ceses sumarios vengadores y arbitrarios en su programa en Radio Universidad Veracruzana.

Quizá sea don Julio Ricardo el radiodifusor más oído y tal vez el más escuchado. En su programa –“Opiniones y Comentarios”- ha dicho y sostenido lo que otros soslayan o, de plano, omiten por motivos que antojaríanse redundantes.

Su programa ha sido merecedor de reconocimientos doquiera que se aprecia y se avala la honestidad y la buena fe de un radiodifusor cuyo quehacer define como educativo, orientado a despertar conciencias y destruir supercherías institucionales.

La razón esgrimida para reprimirlo –arrebatarle su derecho laboral y sofocar su vocación comunicadora—es la de su llaneza al describir a los poderosos y sus dogmas y supersticiones propias del pensamiento oscurantista por uniforme y único.

III

Al reprimírsele sus derechos laboral y de expresión -constitucionales ambos— se exhibió un amasiato inconfesable entre la religión organizada para fines de poder (el de un obispo católico) y la supuesta lis de Veracruz, la rectoría de la UV.

Ello lo ha situado en los proscenios de la polémica y la controversia. Persona de convicciones, traduce éstas en hábitos prácticos, asentados en lo más abisal de su psique, reflejadas en su conducta cotidiana de tangibilidades y resultados.

Un hábito práctico, disciplinario y disciplinado, es el del ayuno. Don Julio Ricardo ha ayunado desde hace muchos lustros. Periódicamente, conforme a un calendario interior de descontaminación celular, ayuna una, dos, hasta cuatro semanas o más.

El ayuno, como está demostrado, le otorga los beneficios del vigor mental y físico. Accede, de esa guisa, a mundos inimaginables para muchos, a estadios de percepción aguda y entendimiento nítido, caleidoscópico, de entornos físicos y humanos.

Don Julio Ricardo ayuna desde el lunes pasado en la Plaza Lerdo de Xalapa, la capital del Estado de Veracruz. El propósito es obvio, pero los móviles se empatan en simbiosis con las convicciones del ayunante.

Y estas convicciones se traducen en la racionalidad de que si hay hambre en el mundo y, cada día más evidente, también la hay en México, ¿por qué no ayunar? Al ayuno forzado sumaríase, solidariamente, el ayuno como estrategia de salud personal y social.

Y es que con este personaje ayunan también, por emulación solidaria, unas 20 persona más en ese mismo sitio público. Ayunar por el hambre prevaleciente no es contrasentido, aunque parézcalo; es lógica impecable. Desintoxica el cuerpo.

La desintoxicación anatómica se extiende al cerebro y, por tanto, a la mente –al alma— y lleva a introspecciones de realidades íntimas, del fuero interno, y del entorno sociocultural. Es una liberación cuyos efectos duran muchos días concluido el ayuno.

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