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Federico Muller
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06 Diciembre 2019 04:00:00
El cambio climático mundial: propuestas y desafíos
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En 1997 se reunieron en Japón representantes de diversos países, particularmente industrializados, para tratar de formular políticas supranacionales enfocadas a disminuir los gases de efecto invernadero (GEI) ante la evidencia empírica de que han propiciado el cambio climático y causado severos daños a la naturaleza en cualquiera de sus dimensiones, desde la fauna hasta la agricultura, sin olvidar la contaminación urbana que afecta a las metrópolis del planeta y, obviamente, a sus habitantes, de ahí que la reunión fuera imprescindible.

Por otro lado, al marco en que englobaron los acuerdos alcanzados y por ser la sede una ciudad japonesa, se le llamó el Protocolo de Kyoto. Una de las metas fue disminuir las emisiones de CO2, en particular las que arroja a la atmósfera la industria en todas sus modalidades (aeronáutica, automotriz, manufacturera, eléctrica, etc.). En otros términos, todas las factorías que para llevar a cabo su proceso de producción, consumen energía proveniente de recursos fosilizados, como el carbón mineral, petróleo y gas, entre otros. Para cuantificar la cantidad de emisiones de CO2, uno de los instrumentos que retomaron fue el de los bonos de carbono, diseñados años atrás por una economista argentina. Cada bono equivale a una tonelada de carbono.

El mercado de los bonos de carbono. Este pretende regular las emisiones a través de la comercialización de bonos que se venden y compran de acuerdo con la demanda, lo que determina sus precios en el mercado. Su funcionamiento consiste en que las empresas adquieren este tipo de instrumentos en función de los gases que producen. Por ejemplo, si sus partículas tóxicas ascienden a 100 mil toneladas de carbono en un lapso de un año, compran una cantidad equivalente de bonos. Pero si logran reducir su contaminación, podrán deshacerse de una parte de los mismos y venderlos en el mercado a otras empresas más contaminantes. Se trata de un mecanismo de compensación. Los beneficiarios de la aportación monetaria de las compañías, es decir, aquellas que lanzan al mercado los bonos que compran las empresas, son los proyectos de diversa índole y no necesariamente localizados en el país en donde se localizan las industrias. Entre ellos destacan los forestales y agrícolas, y los de reciclaje de productos y de energías limpias.

Cabe señalar que el instrumento per se contribuye a un planeta menos contaminado, de dos formas: incentivando a los que afectan el desarrollo ecológico, a reducir los GEI, mediante el uso de tecnologías de vanguardia en sus procesos productivos, y con ello, el costo de contaminar baja, pues al comercializar los bonos verdes obtienen recursos adicionales a los generados por sus actividades ordinarias. Y el segundo es el financiamiento mediante la venta de bonos, del mantenimiento de las regiones selváticas y boscosas, generalmente ubicadas en países en vías de desarrollo, que representan grandes reservas que absorben CO2. En economías como la estadunidense se ha establecido la bolsa del clima, que maneja proyectos determinados de todo el mundo y el inversionista tiene la facilidad de escoger el que más le convenga.

La organización de la Fórmula 1 es una de varias que cubren los servicios de algunas zonas boscosas. También en México se tienen experiencias de ese tipo en entidades federativas como Baja California y el Estado de México. No obstante, el haber “bursatilizado” los fenómenos climáticos es apenas el principio, los retos son enormes y requieren una colaboración más amplia de países como Estados Unidos y China, si no, los esfuerzos serán insuficientes para abatir uno de los “jinetes del Apocalipsis” modernos: el cambio climático.

Entorno Económico
Federico Muller
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