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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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30 Septiembre 2018 04:00:00
El camino al infierno
Patéticas escenas que captan de cerca la miseria y los dramas de los pueblos hambrientos son los instrumentos utilizados por diversos organismos no gubernamentales (ONGs) para recabar fondos destinados a ofrecer ayuda humanitaria a los desposeídos de la tierra.

La fotografía de una madre africana que sostiene en brazos a su pequeño hijo que muere de hambre ha sido una de las imágenes de mayor impacto en los televidentes y la que más genera donativos.

¿Se trata realmente de ayuda humanitaria? El libro de Michael Maren: ‘El Camino al Infierno’, describe los deplorables efectos de la ayuda extranjera y de la caridad internacional en ciertos lugares del globo. Maren sostiene que las desgarradoras imágenes de extrema pobreza transmitidas por las principales redes televisivas provocan un alud de donativos provenientes de bien intencionados benefactores. Sin embargo, las contribuciones en gran parte no llegan a las madres famélicas ni a los niños moribundos: se desvían en el camino.

La tesis central de la obra de Maren es que cierta ayuda internacional y algunas obras de caridad sólo son una pantalla para una floreciente industria que explota los sentimientos generosos de los televidentes y que sacrifica a los propios colaboradores de campo, quienes realmente sí prestan ayuda humanitaria a los pueblos en desgracia pero cuyos directivos retienen la mayor cantidad de fondos para beneficio propio en detrimento de las víctimas de la hambruna. En ‘El Camino al Infierno’, Maren, quien prestó servicios a organismos humanitarios durante 12 años, revela la compleja red de factores que han convertido la ayuda internacional en una pesadilla infernal.

El investigador registra cómo, sistemáticamente, se inflan las cifras de refugiados para obtener más ayuda a los contribuyentes. Dos terceras partes de los donativos son desviadas, robadas en gran parte por organismos gubernamentales. Los alimentos se venden en el mercado negro para obtener efectivo e, incluso, para comprar armas. Los organismos de ayuda humanitaria no llevan control de los servicios que prestan o los víveres que distribuyen, y no garantizan que las verdaderas víctimas reciban ayuda.

Uno de los problemas más graves de la ayuda humanitaria a largo plazo es que los alimentos extranjeros destruyen la agronomía local y la economía: la gente que recibe víveres durante un tiempo prolongado pierde el incentivo de trabajar el campo y se vuelve dependiente. El resultado es que unos cuantos se hacen más ricos con el tráfico de alimentos y medicamentos en el mercado negro, y otros muchos están cada vez más pobres y más hambrientos.

¿Quiénes se benefician al convertir países en desventaja en ‘cleptocracias’, dependientes de ayuda internacional? Los traficantes de donativos, los traficantes de subsidios gubernamentales, los productores extranjeros de alimentos, ciertos organismos no gubernamentales y la milicia, entre otros.

El humanismo puede no ser la fuerza motora de muchos servicios ‘humanitarios’, sino un negocio redondo con fachada noble para proveedores, contratistas y distribuidores a quienes conviene conservar las condiciones infrahumanas para no perder ‘el negocio’. Y ésta fuerza bien puede convertirse en el camino al infierno.

¿Cómo saber si un organismo que se promociona como ‘ayuda humanitaria’ realmente lo es? La primera regla es que la asistencia material -aunque imprescindible en época de crisis- no debe hacer dependientes a los beneficiarios. Después de la fase de ‘panza llena corazón contento’, la segunda etapa -cuando se ofrece apoyo asistencial a largo plazo- debe cubrir programas de autoayuda y de desarrollo.

La educación integral de los pueblos en desventaja es el primer objetivo de un verdadero plan humanitario de desarrollo. No se trata de una simple alfabetización, sino además una educación sobre salud, cultivos regionales, supervivencia básica, y oficios. El instalar talleres para despertar la iniciativa, el espíritu de liderazgo, enseñar a trabajar en equipo, tomar conciencia de las habilidades propias y del esfuerzo personal, forman parte del rescate de la dignidad humana.

Una verdadera ayuda humanitaria es aquella que busca el desarrollo económico de los desposeídos, pero también pretende lograr el desarrollo social que los hará independientes.

La auténtica asistencia humanitaria implica no sólo dar el pescado entero al necesitado, sino enseñarlo a pescar.

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