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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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04 Octubre 2010 03:00:32
El camino hacia la interioridad (II)
El hombre siempre se está moviendo hacia el exterior, hacia la superficie, hacia la distracción

Es de desear que cada cristiano sepa ingresar en su “interioridad profunda”, que sepa “entrar en su corazón”, precisamente ahí, donde lo espera Dios, que penetra todos los corazones, ahí donde, bajo la mirada de Dios, cada uno decide su propio destino. Este camino hacia la interioridad ya lo describió magistralmente Romano Guardini en su obra: “El bien, la conciencia y el recogimiento”. El pensamiento de Guardini se puede resumir así: Nuestro ser vivo se desplaza desde el interior hacia el exterior y desde el exterior hacia el interior.

En él existe “la superficie y la profundidad”, la expansión horizontal y el saber “recogerse” dentro de sí mismo en su propio “centro personal”. Lo más importante es, evidentemente, lo interior, lo profundo. Pero el hombre siempre se está moviendo hacia el exterior, hacia la superficie, hacia la distracción. Por eso él debe tender, conscientemente, hacia su interioridad.

Él debe descubrir cada vez más y mejor su propio “espacio interior”. Éste “existe” en nosotros. Es una “zona interior” donde podemos acceder voluntariamente. En donde podemos ocuparnos privadamente de todas las cosas. Donde podemos estar a solas con nosotros mismos. Donde nos colocamos frente a Dios, ante su presencia. Este espacio “existe” en nosotros y debe convertirse en algo cada vez más amplio, más profundo, más silencioso, siempre más vivo y siempre más protegido. Esto, generalmente, no es algo que se comprenda, por sí mismo, de manera inmediata.

Si nos preguntamos, sinceramente, si consideramos en nosotros la existencia de este espacio interior (la zona que es lo contrario de la mera exterioridad), el espacio en el cual sepamos vivir, debemos confesar que frecuentemente en nosotros este espacio interior está “como sepultado”, está invadido “de hierbas inútiles”, debemos reconocer que nos es extraño aquello que, los maestros de la vida espiritual, le llaman “mundo interior”, lo “oculto en el silencio”, que somos ajenos a su profundidad y a su fuerza. Aquí es necesario ponerse a la obra, es necesario descubrir este mundo interior, excavarlo, construirle su bóveda de protección.

Pero, ¿qué cosa entendemos cuando decimos que el hombre es “profundo”? No significa que sus pensamientos sean de tal complejidad que se haga difícil comprenderlos, no significa tampoco que sus movimientos sean ocultos, que sus objetivos estén cubiertos. La “profundidad” es una cualidad que reside en sí misma. Se trata de una especial “dimensión”, algo distinto de la “multiplicidad”, o “amplitud”, o “complejidad”.

La “profundidad” es una penetración gradual hacia lo interno, y precisamente de manera que los estratos, entre más cercanos estén a nuestro “centro personal”, son de mayor valor, son más propios del hombre, son más tiernos, son más vivos. El pensamiento más sencillo puede, así, ser más profundo, y el más complejo razonamiento podría ser superficial, el sentimiento más ardiente podría ser vano y, en cambio, la más ligera sensación podría ser profunda.

Saber colocarse en esta profundidad exige un esfuerzo consciente y vigilante y nos da la sensación de fuerza y plenitud de nuestra existencia, nos da un sentimiento de “pasión por el bien”, del sufrimiento causado por nuestras imperfecciones, nos da la disponibilidad para llevar a cabo todo lo que sea justo y bueno. Por eso, esta “vigilancia” es un deber para el ser humano.
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