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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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11 Octubre 2010 03:00:05
El camino hacia la interioridad (II)
El camino hacia la interioridad pide que hagamos una “penetración” gradual hacia nuestro “centro personal”. Esto es, es necesario saber “recogerse” dentro de un cierto punto interior, ya que toda nuestra actividad intelectual, emocional y afectiva fluye desde este punto hacia el exterior y retorna a él, frecuentemente a través de recorridos muy complicados. La vida humana tiene un “centro”, aunque muchos nunca lo experimentan. Basta con que cada uno se pregunte si, de veras, conoce su “propio centro personal”, si de veras conoce ese “algo” que consigue la “unificación” de todo nuestro ser. ¿Acaso no es cierto que todo nuestro psiquismo se encuentra como “disperso” hacia el exterior? Así como las cosas externas nos llegan de fuera, así también nos dispersan en su dirección. Nosotros nos abandonamos fácilmente a todo aquello que se nos ocurra. Nuestras fuerzas interiores se dispersan fácilmente en mil direcciones, sin regresar de nuevo a su punto de partida. Es aquí donde se ve la necesidad de descubrir nuestro propio centro personal.

Sólo entonces, es cuando se hace posible la “espiritualización” de todas nuestras operaciones mentales, emocionales y afectivas. Sólo entonces, el “espíritu” podrá ser fortalecido, el espíritu que es diferente de las cosas meramente materiales. Diferente de aquello que es sólo corporal. Diferente de la mera “vida emocional”. Se trata de aquel centro personal que tiene una relación especial con el bien, con todo aquello que existe, con la verdad, el amor, la honestidad y con Dios mismo. Se trata del espíritu que debe penetrarlo todo y dominar los instintos y las pasiones y expresarse en todo. El espíritu que debe discernir la multiplicidad de las sensaciones, de los conocimientos, de las decisiones y lograr dar a todas las cosas su propio valor y dignidad. ¿No es cierto que nosotros sólo “conocemos” la existencia de este espíritu, pero no lo “sabemos vivir”?.

El camino para llegar a este espacio interior, a nuestra profundidad, al recogimiento en el centro personal, a la espiritualización de todo nuestro ser, es: el cuidado del orden, el dominio de los sentidos, el ejercicio de la atención, el ejercicio de saber permanecer en nuestra propia “soledad y silencio”, el ejercicio de dirigir la atención al mundo del “más allá”.

¿Qué cosa es dirigir la atención hacia el interior? En el hombre hay “algo”, que a pesar de la sucesión continua de las cosas y de los acontecimientos, “no cambia”. Algo que es “claro y fuerte”. Es la “viva esencia” del espíritu del hombre. Es la esencia del hombre que vive, en sí misma, su indestructible sustancia. La atención hacia el interior significa que el hombre trata de “hacer contacto” con este centro vivo de su espíritu, para renovar, desde ahí, su fuerza y su seguridad en sí mismo. El Evangelio habla de cierta “luz interior” que hay en nosotros y que ilumina todas las cosas. No es una mera imagen, es la realidad, ya que el espíritu es luz “por esencia”. Y el que sabe liberar a su espíritu, del dominio de las cosas exteriores, es totalmente iluminado por él.

¿Qué cosa es dirigir la atención hacia el otro mundo? Es, como lo expresa la siguiente oración: “Tú, Señor, eres mi vecino, siempre estoy tratando de escucharte, dame una señal tuya, ya que me encuentro muy cerca de Ti, solamente nos separa una pared muy tenue”. El hombre, a pesar de que puede vivir totalmente sumergido en las cosas visibles y palpables del tiempo presente, sin embargo, sólo puede “apoyarse”, en sí mismo y en sus propias fuerzas. Pero él tiene la clara convicción de que lo “meramente exterior”, no lo es todo. Sabe que del “otro lado” de la pared hay “alguien”. Sabe que más allá de los límites de nuestro ser, está presente la “vecindad de Dios”. Él puede tener la convicción clara de que en su interior, (allá donde se encuentra el límite con la nada), vive Dios.

De esta manera, se comprenden mejor las palabras del Concilio: “En efecto, por su interioridad, el hombre trasciende el Universo. Cuando se coloca en esta profunda interioridad, cuando dirige la atención a su propio corazón, ‘ahí lo espera Dios’, que penetra todos los corazones, ‘ahí’, donde, bajo la mirada de Dios, él decide su propio destino”. (Gaudium et spes n. 14)
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