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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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10 Enero 2011 04:00:14
El contacto experiencial con Dios
Para que el cristiano pueda ‘oír’ al Dios-Maestro, para que pueda comprenderlo, Dios le da un ‘sentido especial’.
En el alegre anuncio de Cristo, Dios hace ‘resplandecer’ su gloria en los corazones abiertos y sinceros


La percepción humana de Dios es, para quien tiene abierto el sentido religioso, la percepción del mismo Cristo. La Iglesia nos dice que es parte normal de la existencia cristiana “dejarse mover por el Espíritu Santo” y “obedecer a la voz del Padre”.

Dios, por medio de Cristo, se revela Él mismo al espíritu humano, mueve al hombre, lo llama, le habla. Cuando Dios abre el corazón al hombre, éste, al escuchar el Evangelio, no sólo oye las palabras externas, sino que juntamente con esto, “percibe internamente” el mundo escondido de Dios.

En efecto, Jesús clama: “Te glorifico, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt. 11,25). Lo cual hace comprender que los “sabios y entendidos”, esto es los escribas y fariseos, habían también escuchado el Evangelio de Cristo, pero sólo a los “pequeños”, además de esta escucha exterior les revelaba, internamente, los misterios de Dios.

En efecto, en el alegre anuncio de Cristo, Dios hace “resplandecer” su gloria en los corazones abiertos y sinceros.

Dios “atrae” e “instruye” a los cristianos que poseen un sentido religioso vivo: “Nadie puede venir a Mí, (esto es, nadie puede creer en Mí), si el Padre, que me ha enviado, no se lo concede” (Jn. 6, 64-65).

También Jesús dice: “Está escrito en los Profetas que ‘todos serán instruidos por Dios’. Cualquiera que haya escuchado al Padre y haya acogido su enseñanza viene a Mí” (Jn. 6, 44-45). En la fe, el cristiano no sólo acepta la verdad revelada que recibe desde fuera, sino que al mismo tiempo, él se mueve hacia Dios que lo “atrae hacia Él mismo”, le habla interiormente, lo “instruye”. En la fe, el cristiano aprende interiormente del Maestro que es Dios que se le revela.

Pero, para que el cristiano pueda “oír” al Dios-Maestro, para que pueda comprenderlo, Dios le da un “sentido especial”: “sabemos, en efecto, que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado “discernimiento” para conocer lo verdadero. Y es así como nosotros estamos en la verdad en su Hijo Jesucristo” (1 Jn. 5,20). El término “discernimiento” significa el “centro personal”, que es en donde reside la vida ético-religiosa del hombre. El conocimiento que este sentido nos comunica, no es el conocimiento “puramente racional” de Dios, sino que es la percepción de la íntima profundidad divina.

Sin este “sentido especial” los hombres son sordos a la voz de Dios: “… así, mirando con los ojos no ven, y escuchando con los oídos no oyen” (Mc. 4, 12).

La respuesta del hombre a esta “percepción experimental” de Dios es, ante todo, la actividad de la fe, la esperanza y la caridad. En esto, Dios se pone delante del “ojo espiritual del hombre”, como aparece representado en las diversas verdades reveladas.

En efecto, el creyente no percibe a Dios sólo racionalmente, esto es no sólo por conceptos que “revisten” a las verdades reveladas, sino que más bien percibe interiormente estas verdades aun “experimentalmente”, como una especie de “luz existencial” que ilumina aquellas verdades.

El sentimiento de esta “luz existencial” es al mismo tiempo el sentimiento de una cierta indefinible profundidad de la existencia, de la pureza de la paz, de la madurez, de la libertad interior.

La actividad de la fe, la esperanza y la caridad, puede, en cierta manera, penetrar la conciencia del creyente, aun en los momentos fuera de la oración. Es por esto que la Iglesia afirma expresamente que el trabajo apostólico, se ejercita en la fe, la esperanza y la caridad que el Espíritu Santo infunde en el corazón de todos sus creyentes.

Esto vale también para los otros campos de la existencia cristiana madura, para todo el trabajo y ocupaciones del cristiano. Porque las profundas convicciones y tendencias del ser humano comunican “su calor” a todas las manifestaciones de su vida. Por esto el sentimiento de la luz, de la paz, del amor, invade también a todos estos espacios de la existencia cristiana madura.







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