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Joel Almaguer
Joel Almaguer
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Inició sus estudios en la Universidad Autónoma de Coahuila, donde tuvo como maestros a Gerardo Monjarás y en sus últimos años al reconocido pianista regiomontano Gerardo González. Ha desarrollado su actividad musical como pianista en danza y como acompañante de cantantes principalmente. Ha participado en musicales como pianista. Imparte diplomados en historia de la música para la UAdeC. El año pasado vivió en Francia donde tuvo oportunidad de compartir su talento musical. Música Sobre Ruedas es un proyecto que ha desarrollado para compartir música en espacios públicos. Actualmente también es miembro de la Orquesta Filarmónica del Desierto donde participa activamente en el Coro Filarmónico. [email protected]

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11 Agosto 2019 04:00:00
El cosmos Mahleriano
Entre los años 1888 y 1910, Gustav Mahler compuso sus sinfonías. La décima la dejó inconclusa, pues solamente llegó a finalizar el primer movimiento y dejó algunos esbozos y estructuras para movimientos posteriores. Sin embargo, ya desde la primera sinfonía nos ha dejado claro –al menos para nosotros que vivimos muchos años después–, que todas ellas son un ejemplo de la grandeza del género sinfónico y que con él alcanza, quizás, sus más altas cimas.

De naturaleza compleja y de formas densas que ejercen la atención no solamente por parte del ejecutante sino también del espectador, escuchar a Mahler es dejarse elevar a esferas cósmicas, pues sus sinfonías no son terrenales. Todas ellas requieren de una masa sonora que exige, sin concesiones, a un gran número de músicos, lo que dificulta su ejecución en vivo –al menos para gran parte de las orquestas–, pues de desear interpretarlas, una orquesta común requeriría de la contratación de muchos músicos extras y esto conlleva no solo un gasto mayor, sino una logística detallada para lograr un buen resultado, pero no temamos, ya que vivimos en la época de lo virtual en la que podemos acceder a maravillosas interpretaciones de sus obras, como las que pude enfrentar y disfrutar estas semanas.

De Leonard Bernstein nos quedan grabaciones de las sinfonías de Mahler, y fue esta integral la que aprecié durante mi estancia en Europa. Entre calles y caminatas sin rumbo llevaba, de tanto en tanto, una sinfonía escuchada por movimientos, con calma y con repetición. Debo confesar que considero a las sinfonías de Mahler como un reto para alguien que busca en la música algo más allá de la sensiblería y la emoción fácil.

El mismo Hans von Bülow se tapó un día los oídos al escuchar la Segunda Sinfonía, diciendo casi neurótico: “Si esto es música, entonces yo ya no sé qué es música”. Si uno de los mayores personajes de la música del postromanticismo (quien descubrió a Strauss y dirigió a Wagner), dijo eso alguna vez, ¿qué podríamos esperar de oídos terrenales como los nuestros? Pero que esto no nos amedrente ni nos detenga. Acceder a las más altas cumbres de la belleza artística siempre ha requerido un esfuerzo porque, en muchas ocasiones, lo bello no es fácil.

Dentro de todas estas casi advertencias, quisiera puntualizar que mi objetivo es justamente lo contrario: que nazca el interés por su parte, de adentrarse en un cosmos musical donde las transfiguraciones son constantes, donde experimentamos un arrebato de emociones y de sublimaciones que pocas veces tienen igual.

Quien sabe, quizás al finalizar la Octava Sinfonía, llamada De los Mil, entonemos junto con el Chorus Mysticus, la cita al Fausto de Goethe: Alles Vergängliche Ist nur ein Gleichnis (Todas las cosas transitorias son solo parábolas); aquí la carencia se tornará en derroche; aquí lo indescriptible se verá realizado.
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