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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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07 Abril 2019 03:25:00
El desdén hacia los vulnerables
En estos tiempos de “corrección” fingida, el lenguaje de la política se ha llenado de eufemismos para distraer la atención de lo esencial y poder administrar las crisis.

A los afanes, que han sido exitosos a ese propósito, de colectivizar el dolor individual y apropiarse de este para poder gestionarlo mediante las técnicas que algunos, no sin razón, han llamado “necropolíticas públicas”, hay que agregar otro tema que le resulta afín: el rechazo social a las personas vulnerables, una condición que pareciera ser atávica y que solo podrá redirigirse si ese distintivo de la humanidad que es la ética entra en juego, y que es requisito para el ejercicio de la libertad en su mejor acepción.

Adela Cortina, estudiosa del fenómeno, lo llama “aporofobia”, porque insiste –y yo con ella– en que es necesario nombrar con claridad y precisión a las cosas –entre ellas ese rechazo– porque de otra manera resultará imposible percibir en su justa medida la asimetría entre las personas “bien y mal situadas” en los estratos sociales, con toda la trascendencia que tal imprecisión conlleva, como ya se ha constatado sobradamente en este mundo entregado a las vicisitudes del mercado, casualmente favorables, por lo común, al poderoso.

La “aporofobia” se origina –dice Cortina– en la tendencia a desentenderse los seres humanos de todo aquello que les molesta o estorba, lo que es “improductivo” en términos de la creación de satisfactores, perspectiva que, añado, no puede juzgarse sino como franca e injustificadamente discriminatoria, y por lo tanto indigna, merecedora de condena.

Ese rechazo, empero, en realidad no solo es al pobre, sino a toda aquella persona que atraviese por alguna situación que debilite su condición social y la haga presa fácil del desdén. Caben en la categoría los niños, niñas y adolescentes frente a los abusos de sus mayores o compañeros en mejor posición de fuerza, como sucede en el llamado “bullying”, o cualquier otra forma de acoso. También en la violencia de género y en los abusos de autoridad; en la explotación del dolor ajeno, o de la migración, sacando raja político-electoral o beneficio económico.

¿Hay antídoto? Sin duda: la historia ha demostrado que sí, porque frente a la supuestamente atávica tendencia a desechar lo incómodo y competir por los bienes materiales –siempre escasos, sobre todo para las personas codiciosas- está el escrúpulo de la conciencia social, que bien cultivada da en la construcción colectiva del mundo libre, pero justo, que la condición humana reclama para todos porque dignidad significa, precisamente, pertenencia.

Para alcanzar ese propósito, sin embargo, es necesario corregir el vacío ocasionado por el abandono que han sufrido en la educación las humanidades, en aras de formar técnicos aptos para integrarse, “competitivamente”, a las industrias manufactureras, olvidando el cultivo de aquello que es distintivo del género humano y le permite aprender a conducirse con responsabilidad individual y socialmente. Es claro que, mientras quienes deberían enmendar esa situación no acometan la tarea, nada bueno pasará.

En una entrevista concedida a la revista electrónica Hoy es Arte, Adela Cortina dijo: “A mi juicio los políticos deberían esmerarse por pensar en el bien común y en resolver los problemas de la ciudadanía y no en sus intereses particulares y en ganar votos. Creo que estamos permanentemente en democracias electoralistas. Da la sensación, por cómo actúan muchos políticos, [de] que siempre estamos en campaña y, en consecuencia, las decisiones que se toman dependen más de una campaña electoral que de los ciudadanos y de la resolución de los problemas. Sería muy interesante que los políticos se dieran cuenta de que están al servicio de las personas y no a la inversa, en sus batallas particulares, en sus argucias particulares…” ( HYPERLINK “https://www.hoyesarte.com/entrevistas/escritores/adela-cortina-una-parte-de-la-sociedad-actua-como-si-los-mejor-situados-fueran-superiores_261286/”https://www.hoyesarte.com/entrevistas/escritores/adela-cortina-una-parte-de-la-sociedad-actua-como-si-los-mejor-situados-fueran-superiores_261286/).

También creo que esa es una de las causas del vacío en la conciencia de responsabilidad social, y por lo tanto de la explotación indebida del sufrimiento y las asimetrías; no puedo menos, entonces, que adherirme a la opinión y al exhorto transcritos.
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