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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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18 Septiembre 2019 04:04:00
El estadista y el patán
Ronald Reagan fue el último presidente de Estados Unidos en sufrir un atentado. El 30 de marzo de 1981, John Kinckley Jr. le disparó en seis ocasiones: uno de los proyectiles rebotó en el Cadillac One, penetró por la axila izquierda del Mandatario, golpeó una costilla, perforó el pulmón y se detuvo a 2.5 centímetros del corazón.

En el ataque también resultaron heridos el vocero James Brady y los agentes del Servicio Secreto Thomas Delahanty y Timothy McCarthy. Afectado por el síndrome de Clerambault, Kinckley quería llamar la atención de la actriz Jodie Foster. Reagan cuenta el episodio en su autobiografía Una Vida Americana, en cuya presentación ante la prensa dijo, con su típico sentido del humor: “He oído que es un libro estupendo. Uno de estos días lo voy a leer” (El País, 14.12.12).

La infancia de este nieto de irlandés, quien se convertiría en el cuadragésimo Presidente de EU y uno de los líderes mundiales más influyentes del siglo pasado, no fue fácil. Nacido en Tampico, Illinois, narra cómo se las ingeniaba su madre para hacer rendir las compras en la carnicería.

Donald Trump es, para algunos de sus colaboradores, “el Reagan moderno”. Nada más alejado de la realidad. El mitómano está en las antípodas de quien, junto con el papa Juan Pablo II y la primera ministra del Reino Unido, Margaret Tatcher, libraron al mundo de la tiranía comunista. El equivalente de Trump es el nuevo premier británico Boris Johnson. Tan cismático el color naranja como el rubio. Reagan pondría hoy en su lugar a este par de chivos en cristalería: “No hay respuestas sencillas, pero sí hay respuestas simples. Debemos tener el coraje de hacer lo que sabemos que moralmente
es correcto”.

En las redes circula un mensaje de Reagan –uno de los Presidentes más queridos de EU– donde apela a la conciencia de su país, apropiado para estos tiempos marcados por el racismo:

“Como este será el último discurso que daré como Presidente, creo que es adecuado que deje una última reflexión, una observación sobre un país que amo. Se expresó mejor en una carta que recibí no hace mucho. Un hombre me escribió: ‘Puedes ir a vivir a Francia, pero no puedes convertirte en francés. Puedes ir a vivir a Turquía, Alemania o Japón, pero no puedes convertirte en alemán, turco o japonés. Pero cualquiera procedente de cualquier rincón del mundo, puede venir a vivir a Estados Unidos de América y convertirse en un estadunidense’.

“Otros países pueden intentar competir con nosotros, menos en un área vital: como faro de libertad y oportunidades que atrae a la gente del mundo, ningún otro país se nos acerca. Creo que esta es una de las fuentes más importantes de la grandeza de EU. Lideramos el mundo porque, única entre las naciones, conseguimos para nuestro pueblo la fuerza de todos los países y todos los rincones del mundo. Al hacer eso renovamos y enriquecemos nuestra nación
de manera continua.

“Mientras otros países se aferran a un pasado trasnochado, aquí en EU damos vida a los sueños, creamos el futuro y el mundo nos sigue hacia el mañana. Gracias a cada ola de recién llegados a esta tierra de oportunidades somos una nación que se mantiene joven, siempre llena de energía y nuevas ideas y siempre innovadora, siempre llevando al mundo a la próxima frontera. Esta cualidad es vital para nuestro futuro como nación. Si algún día cerraran las puertas a nuevos estadunidenses, nuestro liderazgo en el mundo pronto estaría perdido”.
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