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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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31 Enero 2011 04:00:51
El exorcismo antes y ahora
(III de V) Con base en la experiencia, hay que reconocer que, a veces, se encuentran casos de personas psicológicamente frágiles o fácilmente sugestionables. En estos casos, es muy fácil darse cuenta y, como consecuencia, hay que informar al paciente y a sus familiares sobre el origen real de algún “fenómeno extraño” que se les haya presentado. En cambio, cuando se encuentran situaciones de auténtica posesión, no se trata de personas débiles psicológicamente, sino de personas normales, equilibradas, psicológicamente estables e, inclusive, psicológicamente muy fuertes. Aunque no se puede excluir, del todo, que aun los débiles mentales puedan ser sujetos de posesión. En tal caso deberán ser atendidos tanto por el sacerdote como por un psicólogo competente.

La teoría, (sostenida por algunos escépticos a ultranza), que asegura que los casos de verdadera posesión serían de naturaleza puramente patológica, es absolutamente insostenible. Quien hace semejantes afirmaciones se parece a algún individuo que nunca ha visto ni ha hecho operaciones quirúrgicas y pretendiera enseñar a otros cómo se realizan. Sólo aquellos que ignoran el trabajo auténtico del exorcista y qué cosa sea un verdadero exorcismo, cómo se desarrolla y la gran ayuda que el exorcismo da a quien sufre la posesión, pueden sostener tal absurdo fundado en prejuicios y no en la realidad. En efecto, la primera preocupación de todo exorcista con sentido común, es la de evitar crear o mantener “la falsa ilusión” de una posesión, cuando en realidad no exista. Cualquiera que sea el origen del mal, sea o no sea una auténtica forma de acción extraordinaria del demonio, el exorcista, se empeñará en infundir serenidad, paz y esperanza a quien lo padece.

Quien pretende hablar de exorcistas y de exorcismos según ideas distorsionadas y alejadas de la realidad, cae en el absurdo de que con el sólo hecho de que un exorcista rece una oración sobre una persona, podría provocar la “identificación” de esta persona con el demonio y la induciría a escenificar una farsa diabólica. Inclusive, en la práctica, se llega a insinuar la sospecha de que tanto el exorcista como las personas que acuden a él, en busca de liberación, caerían, ambos, en una reciproca sugestión. Esto, tal vez, podría sucederle a un exorcista ingenuo e inexperto, pero, normalmente, no le puede suceder a un exorcista que tenga un mínimo de experiencia y de sentido común. En efecto, la tarea del exorcista no es solamente la de hacer exorcismos en los casos de posesión, sino que también tiene la tarea de acoger y escuchar a las personas que “piensan” que están perturbadas por el demonio, para darles seguridad, para ayudarles a descubrir que su caso no debe ser, necesariamente, atribuido al Maligno y para aprovechar la ocasión de convencerlas de que es necesario poner al corriente su vida espiritual y psicológica. Todo esto, con el fin de que estas personas, puedan encontrar fuerza y paz espiritual, y evitar que acudan (o regresen) a buscar la ayuda de magos y hechiceros, que desgraciadamente estafan a sus clientes pidiéndoles, a veces, enormes cantidades de dinero y los inducen a caer en verdaderas supersticiones. Es, en estos casos, cuando el trabajo del exorcista es entendido en su sentido normal y las personas perturbadas son conducidas con equilibrio, evitando dos extremos: el de querer ver al Diablo por todas partes o el de creer que todos los casos deben ser entendidos, a toda costa, como patologías de carácter psiquiátrico. Se necesita, pues, que la gente se entere del trabajo equilibrado del exorcista, quitando el falso temor, según el cual, al conocerse la presencia del exorcista, las personas serían inducidas a ver al Diablo por todas partes. En tal caso, sería el mismo exorcista el que haría el trabajo de que la gente no piense así.
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