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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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07 Febrero 2011 04:00:40
El exorcismo antes y ahora
En algunos casos de auténtica posesión, la persona llevada a un sacerdote exorcista, sin que ella lo sepa y sin que ella haya sido expresamente informada por sus familiares, que se limitaron a decirle: “Hoy vamos a misa a otra Iglesia”, manifiesta signos inequivocables de una acción extraordinaria del Maligno. Se sobreentiende que no había elementos para sospechar que se dirigían a entrevistarse con un sacerdote exorcista, pero al momento de llegar a la puerta de la iglesia, aullando con una voz que, no era ciertamente la suya, dijo: “¡Yo no entraré nunca en este chiquero!”. Otros, sin saber que eran conducidos por primera vez a una iglesia en donde se encontraba un exorcista, comenzaron a manifestar los signos típicos de una posesión real, desde el momento de salir de su casa, cosa que nunca les sucedía, cuando iban al supermercado o a visitar a un pariente.

Recientemente, un niño de 7 años tuvo especiales manifestaciones de este tipo, por lo cual su mamá vio la necesidad de recurrir a un exorcista. En efecto, todas las veces que la mujer subía al automóvil, recorriendo un tramo conocido para el niño (porque habitualmente el niño lo hacía con ella, permaneciendo siempre bueno y tranquilo), e intentaba dirigirse al exorcista, sin decírselo a su hijo, éste comenzaba a tener reacciones tan inquietantes que su mamá se veía obligada a regresar a su casa, porque sólo así el niño se tranquilizaba.

Por lo tanto es importante no dejarse condicionar por ciertas escuelas de “parasicología” o de siquiatras ateos, que no creen ni en la existencia de Dios ni en la del demonio, ni siquiera de ciertos psiquiatras y sicólogos, presuntamente cristianos. En efecto, no basta que un médico o un sicólogo esté bautizado o que se diga católico, para que sea sensible a las realidades espirituales. Todos saben que la siquiatría de nuestros días no es todavía una ciencia totalmente clara y unánime en sus teorías, esto es, no se guía por un sólo planteamiento teórico, sino que hay varias “aproximaciones” o “escuelas” que incursionan, quien más o quien menos, en el sufrimiento síquico y sicológico del hombre, tema, como es fácil imaginarse, bastante complejo, que trata de comprender la situación tan excepcional del “hombre-ambiente-cultura”. Y muchos de estos diversos planteamientos ignoran el “nivel espiritual”, confundiendo el alma del hombre con la “sique” y, por consecuencia, pretendiendo reducir todo a la “mente humana” o al “inconsciente”.

Sin duda, algunas afirmaciones nacen de un concepto equivocado de la figura del demonio, prescindiendo de si creen o no creen en su existencia. En efecto, el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles no relatan reacciones de particular terror provocadas en los hombres por los demonios, como sucede, en cambio, en otras religiones, en las cuales los hombres manifiestan mucho miedo a los demonios. En la Escritura se habla, más bien, del terror que los demonios tienen a Jesús, a los Apóstoles y a los verdaderos cristianos, porque los demonios saben que los verdaderos cristianos participan de la victoria de Cristo. ¡Nada es tan contrario al espíritu cristiano que el miedo al demonio! En efecto, el demonio trabaja “ocultándose”, sobre todo cuando se trata de la verdadera posesión, pero, en el exorcismo, es obligado a descubrir, su enorme temor ante la Majestad de Dios. El demonio sabe con certeza que, antes o después, acabará por ser superado por el poder de Dios y, aunque al principio trate de mostrarse fuerte y seguro, Dios lo asusta tremendamente. Entonces, hace todo lo posible para convencer a algunos de que el exorcismo sería, para ellos, algo enorme, monstruoso y pavoroso al cual hubiera que recurrir lo menos posible, o, mejor aún, renunciar a practicarlo. Es pues, un interés del demonio que esta equivocada convicción se crea como verdadera lo más que se pueda en la Iglesia. En varias ocasiones esta mentira ha causado muchos daños, provocando que mucha gente (sobre todo la que no recibe apoyo espiritual) se sienta impulsada a dirigirse a toda clase de magos, hechiceros, espiritistas, gente que adivina con las cartas, sectas u otras religiones.
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