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11 Agosto 2019 04:00:00
El fantasma de Bill Harrigan
Por: Gerardo Blanco

En su libro Historia Universal de la Infamia, Jorge Luis Borges escribe un magnífico cuento titulado El Asesino Desinteresado. En un pasaje de este cuenta la historia de Bill Harrigan, a quien describe como “un jinete de duros pistoletazos que aturden el desierto, el emisor de balas invisibles que matan a distancia, como una magia”. El personaje nació en 1859 en un convento subterráneo de Nueva York, militaba en la pandilla Swamp Angels (Ángeles de la Ciénega), practicaba el orgullo de ser blanco y los mexicanos le inspiraban un odio profundo.

Una noche de 1873, en una taberna ubicada en Llano Estacado, Nuevo México, Bill disfruta de un aguardiente cuando de golpe el lugar se inunda en un silencio total. Por la puerta había entrado un hombre fornido, con sombrero y dos pistolas laterales. Bill pregunta quién es y le susurran: “Es Belisario Villagrán, de Chihuahua”. En menos de un segundo, Bill saca su revolver y dispara sobre el intruso quien cae fulminado y afirma: “¿De veras? Pues yo soy Bill Harrigan, de Nuevo York”. La demolición es secundada por un alud de aplausos y adulaciones.

La realidad de lo sucedido en El Paso evoca la ficción de Borges. El joven al que se le atribuye el tiroteo masivo, Patrick Crusius, mató mexicanos por el hecho de ser mexicanos. Dejó decenas de muertos y múltiples heridos después de disparar su rifle de alto alcance infundado en el odio de un supremacista blanco cuya ideología se alimenta en la superioridad, el racismo y la intolerancia.

Está claro que los factores que provocan acontecimientos de esta naturaleza conforman un abanico muy diverso, mas cada vez que ocurren, fundamentalmente en Estados Unidos, se abre el debate respecto a la facilidad con la que se adquieren las armas en ese país. Pero, ¿por qué los legisladores se niegan a regular leyes que controlen la compra y uso de armas de fuego? Una respuesta consistente –y conocida– por razones obvias, es porque la influencia que tiene la Asociación Nacional del Rifle (NRA) sobre los políticos norteamericanos es bastante fuerte. Para ello, esta Asociación cuenta con un comité de acción que se enfoca exclusivamente en darle seguimiento a los políticos –principalmente del Partido Republicano– los califica y evalúa y después les otorga cuantiosas donaciones con el fin de que protejan sus intereses, como es el caso de los legisladores Marco Rubio y John McCain, por poner un par de ejemplos. Además, en las campañas electorales, este “lobby” se distingue por aportar millones de dólares (como en la campaña de Trump) y por emprender fuertes campañas en medios masivos de comunicación que influyen en millones de sus seguidores y en el electorado en general, todo en favor de los candidatos que defienden a ultranza la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. (que otorga el derecho de portar armas a los civiles).

Este es un buen ejemplo de cómo el poder político está sometido al poder económico, auspiciado, esencialmente, en que el sistema de financiamiento de las elecciones se basa, primordialmente, en el dinero privado, lo que trae como consecuencia que la toma de decisiones esté dirigida en beneficiar a las élites dominantes y no a la colectividad.
En México, en este sentido, se ha transitado por el sendero correcto, al construirse un entramado legal que limita las aportaciones de dinero privado a los partidos, teniendo que prevalecer, en todo momento, la contribución de recursos públicos que les otorga el Instituto Nacional Electoral (INE), de acuerdo con los dispuesto en el Artículo 41 de la Constitución.

Lo anterior no va en contra de discutir cómo y cuando disminuir el dinero que se les da a los partidos; sin embargo, sostengo que no debemos transitar, por ningún motivo, a la desregularización del financiamiento privado, lo que se traduciría en darle el poder solo a unos cuantos. Y como podemos ver con el sistema político de Estados Unidos, tarde o temprano resultará una mala idea por éste o muchos otros motivos.
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