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Raymundo Hernández
Raymundo Hernández
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01 Marzo 2009 04:00:17
El golpeador
Germán Martínez tiene la sangre muy caliente y la cabeza poco fría. No le ayuda el agudo tono de voz que lo hace chillar cuando grita y que irrita a sus interlocutores. Ese no es un activo, sino un lastre para un político que es un fajador, peleador de barrio, que brinca rápidamente al ring a batirse con cualquiera con tintes provocadores y sin límites retóricos. Martínez gusta de ocupar los espacios, aunque las más de las veces causa destrozos políticos que cuando se reparan ya no quedan del todo bien soldados.

Así sucedió en los últimos días, cuando después de un enfrentamiento del presidente Felipe Calderón con líderes y gobernadores priístas por la estrategia de la lucha contra el narcotráfico y de una defensa que resultó peor de varios de sus secretarios de Estado, Martínez decidió que tenía que quitarle reflectores a su viejo amigo. Declaró que son los gobernadores priístas quienes desean que ya no se combata al narcotráfico, cuya insinuación de que el PRI es proclive a negociar con la delincuencia organizada, provocó otra reacción en cadena con un lamentable nivel de debate político: lo llamaron idiota.

La ausencia de argumentación de todas las partes y el ruido de las recriminaciones mutuas llevaron al secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, a señalar que el problema del narcotráfico no era un asunto meramente de priístas, sino que también se había notado su deterioro durante el gobierno de Vicente Fox, lo que dio origen, en su intento por nivelar las culpas, que dentro del PAN se diera una reacción muy negativa en contra del gobierno de Calderón por meterlos en la misma cacerola. Y Germán Martínez, que comenzó toda esta batalla política, se guardó, se fue a viajar por algunos estados para alejarse de los micrófonos y lejos de ayudar al Presidente, contribuyó a elevar sus costos de negociación futura con el PRI.

Típico de Germán Martínez, hoy líder nacional del PAN, que tiene un talento para meterse en problemas cada vez que abre la boca. Lo que sucedió en estos días no es inédito. Cuando fue asesor de Carlos Castillo Peraza en la campaña para el gobierno del Distrito Federal, el equipo del candidato tenía que esconderlo porque salía en ocasiones a realizar declaraciones en un estado deplorablemente inconveniente en contra de Gonzalo Altamirano Dimas, en ese entonces líder del PAN en la capital federal.

Martínez es un cuarentón –nació en 1967 en Quiroga, Michoacán-, que sin tener abolengo en el PAN, formó parte del grupo que tuvo cerca Castillo Peraza en los momentos de mayor influencia en la política nacional, junto con Calderón, Luis Correa, Armando Salinas Torre y Bernardo Gragüe. Ellos lo acompañaron a la presidencia del partido en 1993, y luego, cuando empezó el declive después del fracaso en su campaña en 1997, la mayoría de ellos lo traicionó.

Martínez, en justificación, solía recordar palabras de Castillo Peraza sobre su delfín, Calderón, a quien había hecho secretario general del partido y enfilaba como su sucesor: “Para que Felipe brille tiene que matar a su padre. Tiene que matarme”. Felipe Calderón, quien tenía en Castillo Peraza a su padre político, no sólo lo mató, sino que barrió con todo lo que oliera a su tutor. Al llegar a la presidencia del PAN desencadenó una purga contra toda su gente y de todo lo que representara Castillo Peraza, lo que provocó un distanciamiento entre ambos que permaneció hasta la muerte del más grande pensador del PAN de los últimos 25 años.

Correa y Gragüe expresaron su total rechazo a la actitud de Calderón, y el primero regresó a su natal Yucatán, mientras que el segundo renunció al PAN. El resto se acomodó, capitalizando en prestigio por su vieja cercanía con Castillo Peraza lo que no carecían en su equipaje político. Martínez, menos expuesto a la traición que Calderón, ascendió en la política –dos veces fue diputado federal-, hablando como viuda del pensador panista y jugando al apoyo y alejamiento con el propio Calderón.

Cuando Manuel Espino terminaba su gestión como presidente del PAN, toda la maquinaria presidencial se movió para que Martínez entrara al relevo y, con ello, Calderón controlar todo el partido. Pero Espino no se quedó con los brazos cruzados y se convirtió en una voz crítica muy fuerte dentro del partido, y Martínez tuvo un pésimo año electoral en 2009, perdiendo plazas estratégicas como Yucatán, y con una desventaja pequeña, pero creciente, en las preferencias electorales para este año, donde los pronósticos apuntan a que perderán la mayoría en el Congreso.

Su apuesta no es sólo la elección intermedia, sino el 2012. Él lo proyecta a su manera. En su oficina tiene una colección de más de 30 figuras y máscaras tarascas que lo han acompañado por todos los trabajos donde ha estado como una señal, dice, que su destino es Michoacán. La gubernatura, por supuesto. Pero su ambición, legítima en dado caso, puede cambiar de meta, ante lo que los priístas acuñaron como “caballada flaca” en las candidaturas, y por la creciente dependencia de Calderón de los Zavala –en particular su esposa Margarita- y su revigorizado equipo político, para sacar adelante su proyecto y que no sea flor de un sexenio.
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