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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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10 Noviembre 2018 03:10:00
El impacto colectivo
En cuestión de relaciones sociales, imágenes públicas, acciones colectivas y posturas políticas, los seres humanos interactuamos con máscaras para que nadie pueda vernos tal cual somos y herirnos. Pueden estar tan perfectamente perfiladas que parezcan el rostro real, el del alma.

Incluso en nuestra dimensión personal las llevamos, pero nos las quitamos para poder establecer relaciones emocionalmente satisfactorias, amorosas o amistosas. Y también hay quien nunca lo hace.

Las máscaras, pues, son necesarias, el problema es que pocas veces somos conscientes de nuestros falsos yos. Y en asuntos colectivos tendemos a creer que las personalidades artificiales son el yo.

Las máscaras son esos artilugios psíquicos que hacen posible la existencia de personajes públicos que en su vida privada son todo lo contrario a lo que pregonan, pero, obviamente, lo esconden. Son capaces de matar o perder la vida antes de que su falso rostro sea descubierto, porque han basado el sentido de su importancia personal en mirarse a sí mismos por encima de los otros, en sentir que los controlan y los dominan. Es decir, en el poder que creen tener.

Hablo de dirigentes que han sometido a sus pueblos a la escasez mientras acumulan grandes fortunas; líderes religiosos que exigen virtud y castidad, cuando son disolutos en su intimidad, y muchos más ejemplos, pero ya sabe usted de qué le hablo.

No todo mundo tomará nuestra máscara por nuestro yo. Lo harán aquellos cuya máscara se parezca a la nuestra y necesiten reafirmación para sus propias personalidades prefabricadas.

Ahora bien, la fuerza con que los seres humanos nos aferremos a nuestras máscaras, como si fueran nuestro yo real, es directamente proporcional al grado en que nos sentimos indignos de amor, y este, a su vez, es resultado de las vueltas que le hemos dado a nuestro círculo vicioso de traumas: escondemos cosas, nimiedades en ocasiones, que nos avergüenzan o nos llenan de culpa; cosas que hemos hecho para compensar profundas heridas de infancia: abandono, traición, injusticia, desvaloración, abuso, maltrato, etc.; o incluso para corroborar la visión catastrofista que tenemos de la vida, porque tales dolores son lo más cercano al indispensable amor de nuestros padres.

El problema es que el círculo vicioso, producto de pensar, sentir y actuar negativamente durante un lapso prolongado, hasta desarrollar incluso una sicopatía, lleva la voz cantante en lo que a nuestra influencia social, económica y política corresponde. La máscara es sólo un “me gustaría”.

Lamentablemente, cuando actuamos como si la máscara fuera la realidad, no nos acercamos a lo que nos gustaría, pero hacemos como que sí; es decir, nos autoengañamos y simulamos; nos mentimos a nosotros mismos para mentirle eficazmente a los otros, les creemos a ellos su mentira para que nos crean o hagan como que nos creen la nuestra, y juntos sostenemos una colectiva.

Hay diversas máscaras colectivas, todas provenientes de la desconfianza. Las más conocidas son la del individualista apático: “para qué hacer algo, si nada va a cambiar”, y la del participativo iracundo: “estoy harto, ya verán…”. Las dos igual de perniciosas; la segunda, además, peligrosa, causante de los linchamientos, públicos o virtuales.

Pero la lucha social es imprescindible para cualquier nación, me dirá. Es cierto, la cuestión es: ¿la lucha desde dónde? ¿Desde la furia, la violencia, la venganza, la irracionalidad, la amargura, el victimismo, la infelicidad y la inseguridad productos de la historia personal y proyectados en hartazgo social?, ¿o desde la responsabilidad, la solidaridad, la empatía, la ecuanimidad, la crítica congruente y la razón? La primera puede llegar a ser violenta, la segunda siempre es pacífica.

El primer tipo de lucha es aquel que derrumba modelos y estructuras desde la sicopatía, es decir, la creencia de que las reglas son para los demás. Esa es la dirigida por personalidades que instaurarán autocracias. El segundo tipo es el de la democracia.
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