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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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25 Octubre 2010 03:00:39
El infierno
Primera de cinco partes
El infierno es un asunto que, frecuentemente y ahora más que nunca, provoca reacciones de escepticismo o de broma. Muchos asumen una actitud de defensa, tomando como pretexto la infinita misericordia de Dios, sin darse cuenta de que abusan de su bondad y desatienden las repetidas llamadas de atención que nos hace la Sagrada Escritura.

Sobre esta realidad, tan dramáticamente seria, no podemos dejarnos guiar por la emotividad, por nuestra sensibilidad o por las opiniones de la gente. La Palabra de Dios es el punto de referencia cierto. Ella revela, de manera clarísima, la existencia de esta condición ultra terrena, y de modo tan claro, que la mente humana trata insistentemente de evadirla, con el único resultado de deformar, o francamente traicionar, esta verdad contenida en la Revelación de manera no vaga o genérica sino, al contrario, de manera explícita y precisa. Dios, en efecto, por el infinito amor que tiene a sus hijos, quiere ponerlos en guardia sobre el peligro de dirigir su vida terrena (con sus decisiones libres), hacia esta condición eterna de dolor y de perdición.

El infierno existe, es eterno y en él se encuentran, no solamente demonios, sino también seres humanos. Dios nos advierte esto, en la Sagrada Escritura, con mucha claridad. Por ejemplo:

“Todo hombre que no produzca fruto será cortado y arrojado en el fuego” (Jn. 15,6).

“Si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, arráncatelo y arrójalo lejos de ti, porque más te conviene que perezca uno solo de tus miembros, a que todo tu cuerpo sea arrojado en el infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te conviene que perezca uno solo de tus miembros y no que todo tu cuerpo vaya a acabar en el infierno” (Mt. 5, 29-30).

“No tengan miedo de aquellos que matan el cuerpo, pero no tiene poder de matar el alma, teman, más bien, a Aquel que tiene el poder de arrojar el alma y el cuerpo al infierno” (Mt. 10, 28).

“Así sucederá el día del fin del mundo: Vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos (esto es, separarán a los buenos, sea de los malos que se encuentren en vida en ese día, sea de los malos que ya estén condenados en el infierno) y los arrojarán en el horno ardiente (también el cuerpo participará del premio o del castigo eterno), donde será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt. 13, 49).

“Apártense de mi malvados, vayan al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25,

“E irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mt. 25, 46).

“El humo de sus tormentos se elevará por los siglos de los siglos (=eternidad), y no tendrán reposo ni de día ni de noche los que adoraron a la bestia y a su imagen y todos aquellos que fueron marcados con su nombre” (Ap. 14, 11).

“Para los malvados y los incrédulos, los abyectos y los homicidas, los inmorales, los hechiceros, los idólatras y para todos los mentirosos está reservado el estanque de fuego ardiente y de azufre. Es ésta la segunda muerte (= la muerte eterna, esto es el infierno)”. (Ap. 21, 8).

Como se puede ver, las palabras de la Sagrada Escritura son demasiado claras y sin lugar a equívocos. Aunque esta realidad sea tan dura y desconcertante, no sólo no podemos callarla o disminuirla, sino que es absolutamente necesario que sea conocida por todos, precisamente para poderla evitar. El apóstol San Pablo en sus Cartas, en varios pasajes, hace una lista de acciones que dirigen la vida del hombre hacia el infierno, después de la vida terrena: “¿No saben que los injustos no heredarán el Reino de Dios?” (1 Cor. 6, 9).

“Ningún fornicador, o impuro, o avaro (que es lo mismo que idólatras) tendrá parte en el Reino de Cristo y de Dios” (Ef. 5, 5).

“Las obras de la carne son bien conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, brujerías, enemistades, discordia, celos. Disensiones, divisiones, facciones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes. Acerca de estas cosas les prevengo, como ya se los he advertido, que, quien las haga, no heredará el Reino de Dios” (Gal. 5,21).
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