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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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08 Noviembre 2010 04:00:48
El infierno
En el mes de julio de 1999, el papa Juan Pablo II presentó la siguiente enseñanza sobre el infierno:

“Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero el hombre, llamado a responderle libremente, puede, desgraciadamente, elegir el rechazo definitivo de su amor y de su perdón, sustrayéndose así para siempre de la Comunión gozosa con Él.

Precisamente esta trágica situación es la que fundamenta la doctrina cristiana cuando se habla de “condenación” o sea del infierno. No se trata de un castigo puesto por Dios, sino más bien de la consecuencia de los antecedentes puestos por el hombre durante su vida. La misma dimensión de infelicidad que comporta esta condición de desgracia es la que se contempla cuando se tiene alguna experiencia terrible que, como suele decirse, es un verdadero “infierno”.

Sin embargo en un sentido más religioso, el infierno es otra cosa: es la última consecuencia del mismo pecado que se vuelve en contra de quien lo ha cometido. Es la situación en la cual, definitivamente, se coloca el que rechaza la misericordia del Padre en el último momento de su vida.

La fe cristiana enseña que, en la posibilidad de decir que “sí” o que “no”, que caracteriza a la libertad de las creaturas espirituales, algunos ya han dicho que no: se trata de aquellas creaturas espirituales que se rebelaron contra el amor de Dios y que se les llama demonios. Para nosotros, seres humanos, esta experiencia suena como una advertencia: es un aviso continuo para evitar la tragedia en la cual desemboca el pecado y modelar nuestra existencia según el ejemplo de Jesús que se manifiesta en la decisión del “sí”. La condenación permanece siendo una posibilidad real, pero no se nos ha dado el poder conocer, sin alguna especial revelación, qué seres humanos se condenaron. El pensamiento del infierno, no debe crear en nosotros una especie de “psicosis de angustia”, sino que representa una necesaria y saludable advertencia a la libertad humana, junto con el anuncio de que Jesús resucitado ya venció a Satanás, dándonos el Espíritu de Dios. Esta perspectiva rica de esperanza es la que prevalece en el anuncio cristiano”.

El Papa Benedicto XVI en su catequesis del 25 de marzo del 2007 nos dice: “Jesús vino para decirnos que Él quiere que todos estemos en el paraíso y que el infierno, del que se habla muy poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para todos aquellos que cierran su corazón a su amor”.

En su carta encíclica “Spe salvi” del 30 de noviembre del 2007, el Papa nos dice: “Con la muerte, la situación decidida por el mismo hombre se vuelve “definitiva” e irreversible, y así es como se presenta ante Dios como juez. La decisión tomada en el curso de su vida, tomó forma, y se hizo definitiva al momento de morir. Puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor, personas en las que todo se ha convertido en mentira, personas que han vivido sólo para el odio y han pisoteado en sí mismas el amor. Ésta es una perspectiva terrible, pero algunas personas de nuestra realidad, permiten discernir, de modo espantoso perfiles de tal género. En tales individuos ya no existe nada de remediable y la destrucción del bien se vuelve irrevocable: es esto lo que se indica con la palabra “infierno”. Por otra parte puede haber personas purísimas, que se han dejado penetrar por el amor de Dios y por consiguiente, están totalmente abiertas al prójimo, personas que están en plena comunión con Dios”.

El Catecismo de la Iglesia católica enseña:

“No podemos estar unidos a Dios si no elegimos libremente amarlo. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: `el que no ama permanece en la muerte. Cualquiera que odia a su hermano es un homicida, y hay que saber que ningún homicida posee en sí mismo la vida eterna´ (1 Jn. 3, 15) Jesucristo nos advierte que seremos separados de Él si no socorremos en sus graves necesidades a los pobres y pequeños que son sus hermanos (Mt. 25, 31-46). Morir en pecado mortal, sin arrepentirse y sin acogerse al amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados para siempre de Él por nuestra propia elección. Y es este estado de, “auto exclusión definitiva” de la comunión con Dios y con los bienaventurados, que es designado con la palabra “infierno” (CIC 1033).

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