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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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22 Noviembre 2010 04:00:55
El infierno
(V de V)
También, Sor Josefa Menéndez, nacida en Madrid el 4 de febrero de 1890 y muerta en fama de Santidad en Poitiers, Francia el 29 de diciembre de 1923, escribió, por obediencia de sus superiores, su “Diario”, en donde comunica sus experiencias sobre el infierno, mismas que a continuación transcribo:

“El 16 de marzo de 1922 oí unos gritos de desesperación que decían: ‘¡Estoy para siempre allá, donde no se puede ya amar! ¡Qué breve ha sido el placer! ¡Y la desgracia es eterna! ¿Qué me queda? ¡Odiar con odio infernal, y esto, para siempre’. En la noche del miércoles al jueves del 16 de marzo de 1922, hacia las 10 de la noche, comencé a oír, como los días pasados, un rumor confuso de gritos y cadenas. Me levanté, me vestí y, temblando, me puse de rodillas, junto a la cama. El rumor se acercaba, salí del dormitorio y, sin saber qué hacer, fui a la celda de la madre superiora, después regresé al dormitorio. El mismo rumor terrible me circundaba. En un momento más vi al demonio frente a mí que gritaba: “¡Encadénenle los pies, amárrenle las manos!”. De improviso, ya no pude ver en dónde estaba y sentí que me amarraron estrechamente y que me arrastraban hacia afuera.

Otras voces rugían: “¡Se necesita amarrarla no sólo de los pies, sino también del corazón!”. El demonio respondió: “¡Ese no me pertenece!”. Entonces fui arrastrada por una larga calle que se adentraba en la oscuridad y comencé a oír, de todas partes, gritos horribles. En las paredes de este angosto corredor, se abrían huecos de los que salía humo, casi sin llamas y con una peste intolerable. Las voces proferían toda clase de blasfemias y palabras impuras. Algunas de esas voces maldecían a su propio cuerpo, y otras a sus padres. Otras se reprochaban de no haber aprovechado las oportunidades de abandonar el mal. Era una confusión de gritos llenos de rabia y desesperación. Fui arrastrada a lo largo de este pasillo interminable. Después me dieron un golpe violento que me dejó incrustada en uno de los huecos de la pared. Me encontraba como aplastada entre tablas ardiendo y atravesadas por todas partes con agujas quemantes y frente a mí estaban almas que me maldecían y blasfemaban. Esto es lo que me hizo sufrir más que cualquier otra cosa. ¡Pero lo que supera cualquier tormento es la angustia del alma de sentirse separada de Dios! Me parecía que habían transcurrido largos años en aquel infierno y no fueron más que cosa de 6 ó 7 horas. De repente fui violentamente arrojada de ese lugar y me encontré en otro lugar oscuro donde el demonio, después de haberme golpeado, desapareció y me dejó libre. ¡No puedo expresar lo que he sentido en mi alma cuando caí en la cuenta de estar viva y de poder todavía amar a Dios! (Sor Josefa, mientras vivía esta experiencia dramática, creía, que estaba ya condenada, encarcelada para siempre en aquella condición). ¡Para evitar este infierno, no sé qué cosas estaría dispuesta a soportar! Veo claramente que todos los padecimientos terrenos son como nada en comparación del dolor de no poder volver a amar, porque en el infierno no se respira más que odio y deseo de la pérdida de las almas!”

El domingo 19 de marzo de 1922, escribe sor Josefa Menéndez: “Nuevamente descendí en aquel abismo y me pareció que hubiera estado ahí durante largos años. Sufrí mucho, pero el mayor tormento fue el de creerme incapaz para siempre de amar a Nuestro Señor. De tal manera que cuando regresé a la vida normal me puse loca de alegría. Ahora me parece que lo mejor es amar a Dios como nunca lo he amado y de estar pronta a aguantar todos los sufrimientos que Él quiera. Sobre todo me parece que así he llegado a estimar y amar mucho más mi vocación”.

Después añade: “todo aquello que vi en el infierno me da un gran valor para sufrir. Comprendo el valor de los más pequeños sacrificios: Jesús los recoge y se sirve de ellos para salvar almas. Por lo tanto comprendo ahora qué gran ceguera es el tratar de evitar los sufrimientos, aun en las cosas más pequeñas, porque, además de ser muy valiosos para nosotros, sirven para librar a muchas almas de tormentos tan grandes”.

Sor Josefa, frecuentemente revelaba el principal y máximo tormento del infierno: ¡el de no poder volver amar! Una de las almas condenadas gritaba: “¡He aquí mi tormento: querer amar y no poder hacerlo. No me queda más que el odio y la desesperación! ¡Si alguno en el infierno, pudiera hacer, una sola vez, un acto de amor, aquello ya no sería el infierno! ¡Pero no podemos, nuestro único alimento es el de odiar y aborrecer!” (23 de mayo de 1922). Otra alma dijo: “Mi más grande tormento, acá, es no poder amar a Dios, y tenerlo que odiar. El ansia de amar se consume, pero es demasiado tarde. ¡Aquí tu podrás probar esta ansia: Odiar, aborrecer y desear la condenación de las almas. Es nuestro único deseo!” (26 de marzo de 1922). En efecto esas almas creían que Sor Josefa estaba condenada para siempre.

Sor Josefa reveló, también, las imprecaciones que aquellas almas lanzaban contra sí mismas: “algunas gritaban de rabia por el martirio que sentían en las manos”. Creo que haya sido porque robaban pues, en efecto, decían: “¿Dónde está todo aquello que han robado, manos malditas? ¿Por qué aquella ambición de tener lo que no me pertenecía, si no podía poseerlo más que unos cuantos días?”. Otros acusaban a su propia lengua, a sus ojos, cada uno acusaba aquello que había sido causa de sus propios pecados” (2 de abril de 1922). “Muchas almas se acusaban especialmente de pecados de impureza, de robos, de negocios injustos y la mayor parte se han condenado por eso” (6 de abril de 1922). “Vi a mucha gente mundana precipitarse en aquel abismo, y no se puede decir ni comprender los gritos que daban y los rugidos espantosos con que maldecían diciendo: “¡Maldición eterna!. ¡Me engañé a mi misma, estoy perdida! ¡Estoy aquí para siempre, no hay remedio! Algunos acusaban a una determinada persona, otros a una determinada circunstancia, todos acusaban la ocasión de su perdición”. (Septiembre de 1922).

Y así como estos ejemplos, Sor Josefa Menéndez relata muchas otras experiencias sobre el infierno, que son otras tantas advertencias para nosotros.
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