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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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02 Septiembre 2019 04:00:00
El momento de la ruina
Ningún gobernador decidió su propia sucesión como lo hizo Humberto Moreira en favor de su hermano Rubén para cubrirse mutuamente las espaldas. En el pasado, tal facultad era exclusiva del Presidente de la República. Terminado ese ciclo por la alternancia, los mandatarios asumieron el papel de electores. En el caso de Coahuila, Moreira aprovechó la confianza y los descuidos de Enrique Martínez para hacerse con el poder. En correspondencia a quien le brindó la oportunidad de ser secretario de Educación y alcalde de Saltillo, y le toleró cualquier tipo de excesos, rompió con él e incluso demolió el Distribuidor Vial Revolución de Torreón, obra insignia de Martínez en La Laguna.

La falta de preparación y compromiso de los Moreira para dirigir el estado se refleja en la deuda explosiva y en las crisis de inseguridad y de salud. Los gabinetes de Humberto y Rubén fueron los más inestables. Cambiaron de secretarios como de calcetines. La improvisación explica el caos. Víctor Zamora, profesor de primaria, fue secretario de Finanzas, de Educación, de Trabajo y de Gobierno; y David Aguillón, de Comunicación, de Gobierno y jefe del PRI. El manejo de las finanzas, la política, la justicia y la obra pública, principales fuentes de corrupción, siempre estuvo a cargo de incondicionales del clan.

Eliseo Mendoza, Rogelio Montemayor y Enrique Martínez realizaron pocos cambios en sus primeros equipos y entregaron finanzas sanas. Ninguno dejó sucesor. El primero, impedido por las reglas; el segundo lo intentó, sin éxito; y el tercero pudo hacerlo, pues las condiciones ya lo permitían, pero su pupilo (Moreira) le comió el mandado.

Mendoza declaró al periodista Daniel Valdés no haber tenido «empacho en reconocer y apoyar a Rogelio Montemayor», el favorito de Salinas de Gortari. «Me di cuenta (de) que las cosas venían en dirección de Montemayor, de manera que no hubo objeción e incluso le ayudé a facilitar las cosas. Cuando llega ya como candidato, le dije: “ahora tú eres el jefe político del PRI; puedes poner al presidente de tu elección”». Montemayor le tomó la palabra y nombró a Óscar Pimentel.

En 1996, tercer año de la gestión de Montemayor, el PRI perdió por vez primera la mayoría del Congreso y las alcaldías de Saltillo, Torreón y Monclova. La alternancia en el estado parecía a tiro de piedra. En su entrevista con Valdés, el exgobernador atribuyó la derrota al malestar social por el «error de diciembre». Sin embargo, también influyeron otros factores como la inadecuada selección de candidatos y el escándalo por la venta del complejo petroquímico de Pajaritos, destapado por el periódico Reforma, a una empresa de la familia Montemayor.

Martínez recuerda así la sucesión de 1999: «Fue la primera vez que se eligió a un candidato por la vía democrática en Coahuila, llegué a la elección interna en un momento muy complicado, pues era evidente que no era el favorito para la elección interna, no era el candidato oficial». Montemayor, impuesto por Salinas seis años antes, cuando Martínez era el candidato natural, promovía al empresario y exdiputado Jesús María Ramón.

En la novela Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, Santiago Zavala pregunta «¿En qué momento se había jodido el Perú?». Aplicada a Coahuila, la respuesta salta a los ojos: cuando el moreirato tomó el poder sin ningún tipo de escrúpulo.
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