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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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08 Agosto 2019 03:50:00
Él no
Hasta donde ha sido posible averiguarlo, Adolfo Hitler no asesinó a ningún judío. Es decir, nunca disparó contra uno, lo ahorcó o le hizo inhalar gases venenosos. Quizá, incluso, se abstuvo de participar en la noche de los cristales rotos, apedreando comercios y aterrorizando a los habitantes del gueto. Sin embargo, nadie en su sano juicio es capaz de exculparlo de uno de los genocidios más brutales de los muchos que registra la historia.

Él solamente convenció a millones de sus compatriotas -y por supuesto a sus colaboradores- de que los males de Alemania eran culpa de los judíos, a quienes era necesario exterminar en bien de una supuesta “limpieza racial”.

Otros se encargaron de trasladar a familias completas a los campos de exterminio, donde los soldados nazis, antes de dispararles, hacían a los prisioneros cavar las zanjas que les servirían de tumbas. Otros, no él personalmente, diseñaron y construyeron los campos de concentración y las cámaras de gas.

Mientras todo esto ocurría, Hitler se concretaba a sembrar el odio a los judíos en sus discursos ante multitudes delirantes. Terminadas las apoteóticas manifestaciones, se iba a la montaña a cuidar a sus perros y pasear por el bosque.

No se sabe tampoco que Donald Trump haya asesinado a un mexicano. Bueno, ni siquiera hay rumores de que maltratara físicamente a uno. No. Eso sería “políticamente incorrecto”.

Lo que hace Trump es hablar pestes de los mexicanos. Acusarlos de violadores, de envenenar a la ingenua juventud norteamericana vendiéndoles drogas y de cometer toda clase de tropelías. Además, por supuesto, de robar puestos de trabajo a los esforzados obreros del vecino país.

Por ello insiste en la necesidad de construir un muro que aísle a Estados Unidos de esos seres indeseables que, para su mala suerte, Norteamérica tiene de vecinos. El muro en cuestión resulta indispensable a modo de cordón sanitario.

Sin las manifestaciones multitudinarias del Tercer Reich, el presidente Trump difunde sus ideas de manera moderna, a través de la televisión y de las redes sociales, ventaja tecnológica de la que no disfrutó el líder nazi. (¿Se imagina el tono de los tuits que hubiera escrito Hitler?).

Las palabras, afirma un dicho, se las lleva el viento. ¡Mentira! Las palabras encuentran siempre receptores en los oídos de algunos. Para el caso de Alemania, los de los enloquecidos seguidores de la bandera de la esvástica. Aquí, atrás de la frontera norte, los discursos de Trump hallan también oídos complacientes de supremacistas blancos, versión yanqui de la “limpieza racial” de los supuestos germanos arios.

Uno de estos supremacistas blancos decidió subir a su auto, conducir 700 kilómetros desde su casa a una ciudad fronteriza. Iba bien armado. Llegó a El Paso, Texas, donde ocho de cada 10 habitantes son mexicanos o de origen latino. Se metió a una tienda y empezó a disparar. Mató a más de una veintena de hombres, mujeres y niños, la mayoría perteneciente a esa plaga de mexicanos grasosos que amenaza con destruir las bases del “american way of life”. En realidad, desde la torcida mente del sicópata con ametralladora, lo suyo no debe calificarse de crimen. Fue un servicio a su país. Bueno, casi, casi un acto patriótico.

Es cierto, Donald Trump no viajó a El Paso. Tampoco estuvo en Walmart ni accionó una ametralladora. No. Él estaba muy tranquilo en la Casa Blanca. Es cierto, tan cierto que, hasta donde se sabe, Hitler jamás visitó Auschwitz.

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