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Ricardo Alemán
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22 Julio 2019 03:30:00
¡El odio de AMLO a los periodistas!
El maltrato a los periodistas de Notimex –despedidos de manera ilegal y arbitraria–, y el “apapacho” público y de impunidad que otorgó el Presidente a la directora de Notimex retrata, de cuerpo completo, el odio y la repulsión de López Obrador a los periodistas.

Y no se diga el odio a los críticos del Presidente porque entonces el maltrato sube de tono y llega a la amenaza de muerte, a la difamación, la calumnia y la persecución, hasta lograr que el crítico en cuestión termine despedido de todos los espacios posibles.

Es decir, López Obrador apuesta a la censura y al silencio de quienes cuestionan su Gobierno mediante la persecución y la satanización de los críticos. Y es que para el Presidente, el mejor periodista es el periodista censurado, callado, desempleado y sometido; el ejemplo lo vimos con “la joya” del pasado viernes.

Resulta que mientras que el Presidente “apapachaba” a Sanjuana Martínez, mientras aplaudía la impunidad con la que la directora de Notimex difamaba y calumniaba a periodistas –y se metía en sus vidas privadas con lo que rompió una regla de oro del periodismo–, fuera de Palacio Nacional decenas de despedidos de la agencia de noticias se manifestaban precisamente contra el trato arbitrario e ilegal de Sanjuana Martínez.

El mensaje presidencial fue claro; no hay mejor periodista que el periodista callado, desempleado, sometido y amenazado. En cambio, tienen todo el apoyo del poder y toda la impunidad los aplaudidores del Presidente, quienes desde espacios públicos y desde sus nuevos empleos son verdaderos mercenarios contra los críticos del nuevo poder presidencial.

Lo cuestionable, sin embargo, es que las jaurías periodísticas a sueldo, tanto del Presidente como de Morena y de sus gobiernos estatales y sus legisladores, hoy se comportan igual que la llamada “prensa vendida” de los años 60, 70 y 80 del siglo pasado, en donde eran “corifeos” de los gobiernos represores y criminales de Díaz Ordaz, Echeverría y López Portillo.

La dizque izquierda que hoy gobierna y su prensa a sueldo son iguales al PRI criminal de 1968 y 1971, a la prensa que por décadas cuestionó la izquierda.

Y los ejemplos más recientes de la persecución oficial contra los críticos se produjo apenas en días recientes cuando el periodista Carlos Jiménez fue amenazado de manera publica por el titular de la Secretaría de Seguridad del Gobierno de Claudia Sheinbaum, quien mandó un mensaje de terror mediante redes. En respuesta, el periodista demandó judicialmente por lo que consideró un atentado a su integridad personal.

Días antes, el escritor y periodista, Guillermo Sheridan, recibió en su domicilio particular una amenaza de muerte en respuesta a su postura crítica al gobierno de López Obrador. Sheridan detalló en redes la amenaza y por eso recibió el respaldo de buen parte de los gremios periodístico y literario.

Sin embargo, ni el Presidente, ni la titular de Gobernación, ni el secretario de Seguridad, nadie del Gobierno federal expresó su preocupación pública por las amenazas al escritor.

Y por supuesto, tampoco fue tema del interés del presidente Obrador quien, días después, se dijo “conmovido” por la cadena perpetua decretada a “El Chapo” Guzmán. Es decir, el Presidente se conmueve por el castigo a uno de los mayores criminales de la historia, pero ignora las amenazas de muerte contra escritores y periodistas.

No fue todo. De manera simultánea, el también periodista y escritor, Héctor de Mauleón, recibió amenazas de muerte, en esta ocasión a través de redes sociales. La historia fue la misma; intolerancia de las legiones de bots azuzados por la casa presidencial y desde Morena.

Pero hay más. En la mañanera del mismo viernes, logró colarse a la conferencia presidencial el joven periodista Carlos Domínguez, hijo del periodista del mismo nombre –Carlos Domínguez–, asesinado en Tamaulipas y a quien la agencia Notimex criminaliza sin pruebas.

Pues resulta que para defender a Sanjuana Martínez de los señalamientos del periodista Carlos Domínguez, también se acreditó “como periodista” –sin serlo–, a Raymundo Ramos, defensor de los presuntos asesinos del periodista ultimado en Tamaulipas.

Lo más grave es que el grotesco espectáculo fue preparado, alentado y hasta aplaudido por la oficina de Comunicación Social de la Presidencia. Es decir, se permitió que el hijo del periodista asesinado llegara para exigir al Presidente el esclarecimiento del crimen de su padre, pero la misma casa presidencial llevó a un supuesto periodista para ridiculizar al comunicador muerto.

Así o más claro el odio presidencial a los críticos; así la persecución.

Al tiempo.
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