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Miguel Badillo
Miguel Badillo
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01 Marzo 2010 04:00:00
El odio de Calderón a la prensa escrita
A los periódicos se les ha reducido considerablemente la publicidad oficial

A Felipe Calderón le urge un buen asesor en comunicación que le explique el papel que juegan los medios de comunicación en un país que dicen es democrático. La crítica que hizo esta semana a los periódicos “nacionales” por difundir “gratis” en sus primeras planas los narcomensajes que cárteles de la droga escriben en mantas que cuelgan de puentes y fachadas de inmuebles en pueblos y ciudades, contrasta, dijo, con los varios millones de pesos que le cuesta al Gobierno o a cualquier empresario difundir su información en los mismos espacios. ¿Habrá querido decir que los medios le cobren al narcotráfico esas publicaciones?, es capaz.

Intolerante y autoritario, Calderón quiere decidir qué se publica en las primeras planas de los diarios, como en los tiempos del dictador Gustavo Díaz Ordaz, cuando bastaba una sola llamada de la Secretaría de Gobernación o de la Presidencia de la República para frenar cualquier publicación informativa que disgustaba al gobernante en turno.

El papel que juegan los medios de comunicación en una sociedad democrática es de total libertad en su línea editorial, con el sólo compromiso de informar veraz y responsablemente a la sociedad, y no como sucede en México, en donde desde Los Pinos se instruye a la Secretaría de Gobernación y a otras dependencias federales para premiar o castigar, mediante la publicidad gubernamental, a la prensa que en la visión del gobernante en turno se porta bien o mal.

Esto explica por qué los medios electrónicos, radio y televisión, son los más favorecidos con el presupuesto público destinado por el Congreso para que el Ejecutivo anuncie sus acciones de Gobierno, mientras que a los periódicos se les ha reducido considerablemente la publicidad oficial y a las revistas de plano ya se les canceló cualquier anunció del Gobierno federal, porque Calderón piensa, al más viejo estilo corrupto, que no pago para que me peguen, “haiga sido como haiga sido”.

Nos dice Calderón no entender por qué la prensa escrita le destina la primera plana a cualquier manta en donde grupos del narcotráfico se envían mensajes entre ellos o a las autoridades, pues simplemente porque es parte de la “guerra” que él mismo ha exaltado y que según él le ha declarado al crimen organizado, en donde el resultado es desastroso para los mexicanos por las miles de muertes ocurridas en las calles de todo el país, lo que convierte a México en una zona insegura para sus habitantes, pues las bandas delincuenciales controlan cada vez más amplios territorios que se disputan entre ellas mismas y es allí en donde aparecen las mantas con los narcomensajes que tanto disgustan al habitante de Los Pinos.

Cuenta algún jefe de prensa del Gobierno que en una reunión en Los Pinos, Felipe Calderón fue claro en sus instrucciones ante lo que publican periódicos y revistas:

“Yo no voy a despedir a ningún funcionario que sea señalado en la prensa escrita por actos o hechos relacionados con algún acto de corrupción, porque mañana si me acusan a mí, tendría yo también que renunciar, así que ni se preocupen si aparecen en las primeras planas, porque yo no les hago caso”.

Entendemos ahora porque la corrupción y la impunidad van en aumento en la actual administración, así como el desprecio y odio de Calderón hacia la prensa escrita.

Camisas Azulesy Manos Negras
Este fin de semana mi amiga y compañera periodista Ana Lilia Pérez presentó su libro “Camisas Azules y Manos Negras” (no podría haber mejor título para describir en lo que se ha convertido el Partido Acción Nacional) en la feria del libro del Palacio de Minería. La acompañamos el maestro Miguel Ángel Granados Chapa y el que esto escribe.

El libro es una recopilación de varias investigaciones periodísticas que le llevaron a la reportera de Contralínea ocho años de trabajo, en donde documenta el abuso del poder político de influyentes miembros del Partido Acción Nacional; el tráfico de influencias de funcionarios del gobierno de Felipe Calderón; el desvío de recursos públicos de la principal empresa del Estado, Petróleos Mexicanos; la asignación de contratos petroleros en beneficio de empresarios que apoyaron campañas electorales de candidatos panistas, incluido el mismo Felipe Calderón, y servidores públicos que siguen enriqueciéndose a costa del erario petrolero que pertenece a todos los mexicanos.

Este trabajo periodístico de muchos años que hoy se reúnen en este libro, editado por Grijalbo, le han ocasionado a Ana Lilia demandas por daño moral por parte de empresarios que mantienen negocios en Pemex y que después de las publicaciones han sido sujetos a investigación por parte de las secretarías de la Función Pública y de Hacienda, por la Auditoría Superior de la Federación y por diversas comisiones legislativas del Congreso creadas ex profeso para ese fin.

La periodista también enfrenta una demanda penal iniciada ante el Ministerio Público federal; una orden de arresto administrativo por supuestos desacatos judiciales; persecuciones y vigilancia en su domicilio particular y en su fuente de trabajo; amenazas de abogados gansteriles, y el rechazo en fuentes gubernamentales para otorgarle información pública.

Este es el panorama de la libertad de expresión en México: una valiente reportera que hace su trabajo con responsabilidad y compromiso social, es perseguida y acosada porque pone al desnudo ante la opinión pública a funcionarios gubernamentales como el mismo Felipe Calderón cuando se desempeñaba en la Secretaría de Energía; al exsecretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño; al ex secretario privado de Los Pinos, César Nava, actual líder nacional del PAN; a legisladores panistas como Juan Bueno Torio y Jorge Nordhausen, que han hecho negocios con la paraestatal desde sus posiciones de poder político; o los mismos exdirectores generales de Pemex, Raúl Muñoz Leos, Luis Ramírez Corzo y Jesús Reyes Heroles, todos vinculados en torno al petróleo crudo.

Como lo relata Ana Lilia Pérez en el libro, antes de que la reportera publicara la información de la firma de contratos que había hecho a nombre de su familia Juan Camilo Mouriño con Petróleos Mexicanos, en su dualidad de empresario y servidor público, hubo varias reuniones convocadas por el entonces secretario privado de Felipe Calderón, César Nava, quien después de enterarse de que se publicarían los contratos en donde se exhibía a su amigo y compañero de gabinete como beneficiario de contratos con Pemex, lo primero que preguntó fue si él también aparecía en la delicada información periodística.

El objetivo de César Nava era salvarse él y después, si daba tiempo, alertar a su amigo que despachaba en la Secretaría de Gobernación, pero a pesar del intenso cabildeo del secretario particular de Calderón, la información se publicó y el entonces secretario de Gobernación no volvió a ser el mismo y dejó de ser el delfín de Los Pinos para la candidatura a la Presidencia de la República por el PAN.

Lo sorprendente del trabajo periodístico de mi colega Ana Lilia Pérez, es que ante las pruebas contundentes de las irregularidades cometidas en la asignación de contratos petroleros y las pésimas administraciones de la paraestatal, todo soportado con documentos oficiales y entrevistas con funcionarios petroleros y empresarios involucrados, el gobierno de Felipe Calderón no ha podido desmentir ni una línea escrita por la reportera y han utilizado a empresarios para acosarla y perseguirla con el propósito de que guarde silencio y deje descansar la pluma.
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