×
José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
ver +
Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

" Comentar Imprimir
21 Febrero 2011 04:00:44
El oído en mí y el corazón en Dios
San Agustín se preocupaba mucho de que sus oyentes estuvieran siempre bien dispuestos interiormente para escuchar lo que les iba a enseñar. Así, en la explicación que daba de la Sagrada Escritura, tenía muy en cuenta dos cosas: la “palabra del comentador” y la “iluminación interior”. Por este motivo, para él, los oyentes debían estar abiertos a dos cosas: “a la palabra” y “a la luz interior”. A la palabra: debían escuchar a Agustín, o al Evangelista, o mejor dicho: el Evangelio que Agustín explicaba. Pero los oyentes debían estar abiertos también a la luz interior: en sus comentarios Agustín decía que el corazón debía abrirse a Dios que siempre, interiormente, ilumina y enseña. Los oyentes no debían pensar que Dios estaba lejos de ellos y que Agustín estuviera más cercano. ¡Para nada!, Dios está mucho más cerca, porque, decía Agustín, los ojos de ustedes me ven porque estoy fuera de ustedes, mientras que Dios está presente en su conciencia. A mí, dirigen sus oídos, en cambio el corazón lo dirigen a Él, a fin de satisfacer a los dos.

Tanto la palabra del Evangelio como la de su comentador, “son el cáliz”, pero todavía vacio. En cambio, la bebida que el cáliz debe dar a los hombres, esto es, la experiencia de la iluminación y enseñanza de Dios, vienen de Dios mismo.

Dios es “la vida”, pero también es “la luz”: “Y la vida era la luz de los hombres” dice el prólogo del Evangelio de San Juan. Esta luz por sí misma brilla para todos los hombres, pero, solamente, los que tienen los ojos sanos la perciben. Cuando los ojos espirituales están debilitados o completamente atrofiados a causa del pecado, para el hombre, es como si la luz no existiera. Pero la luz sí existe. El hombre ciego que es puesto ante la luz del sol, no ve al sol, y sin embargo el sol está presente, sólo que él está “ausente” al sol. De manera semejante los ojos, si están cubiertos de polvo o de lagañas, necesitan lavarse y limpiarse, sólo así serán “el corazón que mira a Dios”. De esta manera entonces podrán “mirar la sabiduría que les está presente, porque Dios es sabiduría. En efecto, Él dijo: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo: 5, 8).

Dios es la meta de nuestro camino terreno, Él es nuestra patria eterna. Todos aquellos que tienen “los ojos espirituales” o sea, los ojos del corazón, sanos, ya pueden ver esta patria, que es Dios. La ven como de lejos. El camino que conduce a ella como que “pasa a través del mar”. Sobre él nos lleva la cruz de Cristo. Hay cristianos que, “en la fe”, conocen esta patria, aunque no la vean porque sus ojos están enfermos y sin embargo tratan de “atravesar el mar” con la ayuda de la cruz, de la doctrina y de la fuerza de Cristo. Pero hay otros que además de tener la fe y de apoyarse en Cristo, junto con “los ojos espirituales” miran por donde deben andar, pues con el espíritu ya ven la patria a lo lejos.

Tal vez, en los comentarios de san Agustín, al hablar de Dios se refería al Espíritu Santo. Así, por ejemplo en el pasaje del Evangelio que dice: “El Espíritu de la Verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce, ustedes, en cambio, lo conocerán porque permanece con ustedes y está con ustedes…” (Juan 14, 17). En efecto, el amor profano, explica san Agustín, no tiene aquellos ojos del corazón, que son los únicos que pueden ver al Espíritu Santo. Estos ojos espirituales pueden ver al Espíritu Santo, de la misma manera que el hombre, además de ver a los huéspedes que tiene delante de él, también puede ver su propia conciencia.

Por ese motivo, dice san Agustín, los evangelizadores deben procurar, con mucha diligencia, atraer la atención de sus oyentes acerca de “los ojos del corazón” que hay en ellos, y ayudarles, así, a vivificar su vida interior. Esto, no es otra cosa que “iniciar a los oyentes en el misterio de la experiencia religiosa”.

Imprimir
COMENTARIOS



0 1 2 3 4 5