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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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01 Octubre 2018 04:00:00
El padre Meño y el Seminario
El Padre Meño enfrentó el juicio de los humanos y ellos dijeron que sí era culpable.

Es la primera ocasión en Coahuila que un sacerdote católico es encontrado culpable por un tribunal laico, porque si fuese religioso, lo que solían hacer, sobre todo en el reinado del arzobispo Norberto Rivera Carrera, era primero negar todo, luego esconderlo y finalmente alejarlo, pero sin quitarle sus privilegios. Ahora no.

Con el padre Juan Manuel Riojas Martínez, conocido como el padre Meño, la cosa fue distinta. A pesar de que al principio de las acusaciones el obispo de Piedras Negras, Alonso Gerardo Garza, hizo intentos de protegerlo, pronto percibió la gravedad de la situación y prefirió declarar en su contra.

Tan así que, en esa política del “sí, pero no tanto”, declara ahora que el susodicho cura perdió su estado clerical, no por ser pederasta, sino por haber sido encontrado culpable del delito de pederastia (no aceptándolo implícitamente), por lo que ya no podrá dar sermones, pero no queda excomulgado y culminó diciendo que “solamente Dios y los directamente implicados conocen con certeza lo sucedido en el caso. Con dolor recibimos la noticia de que el padre Juan Manuel ha sido declarado culpable del delito que se le imputa”, lo que pone en duda aun que así lo sea.

El obispo se mueve, como todos ellos, en una zona gris de indefiniciones, emitiendo mensajes ocultos y sin un compromiso claro (en ese sentido fray Raúl Vera es una excepción), pero ya no es tiempo para el Vaticano de estas actitudes ambivalentes y no comprometidas: los casos de los obispos chilenos, que tuvieron que renunciar en masa por encubrimiento de pederastas a lo largo de muchos años, las denuncias constantes y consistentes de la ley en estados Unidos, sobre todo en Chicago y en Pensilvania, donde trescientos curas son acusados de más de mil casos de abuso sexual.

Pero en nuestro país, el juicio del Padre Meño sienta un precedente necesario (no el primero: el sacerdote Jorge Raúl Villegas ha sido condenado por violación calificada, abuso sexual, corrupción de menores y hostigamiento sexual. Su condena es de 90 años y siete meses de cárcel. Las víctimas eran dos alumnas de 14 años de un colegio de Irapuato), queriendo decir que la impunidad con la que se movían para hacer sus actos perversos ya no existe como antes.

Impunidad terrible fue el caso de José Ataúlfo García, un sacerdote enfermo de Sida, radicado en Oaxaca, que después de que un par de los padres de las víctimas interpusieran una denuncia en su contra, confesó haber violado a más de 30 niñas indígenas de entre 5 y 10 años que acudían a su iglesia.

El caso se turnó a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe de México, que luego de tres meses de indagar en el caso, resolvió que el sacerdote Ataúlfo García “está libre de cualquier acusación”.

Norberto Rivera lo protegió y luego lo escondió. El sacerdote quedó impune y sus víctimas condenadas a muerte. Y había confesado todo.

El padre Meño era rector del Seminario de Piedras Negras cuando cometió el delito que se le imputa. Lo que parece no haberles quedado claro a los jerarcas de la iglesia es el quiebre de su sistema de formación de profesionales de la religión, de sus sacerdotes, a pesar de que cada vez menos personas motivan a sus hijos (u obligan, así era tradicionalmente) a entrar a sus escuelas formadoras llamadas seminarios, formadas después del Concilio de Trento para tratar de detener el avance imparable del protestantismo, formando jóvenes soldados al mando del obispado.

Pero si acaso algún día dio buenos resultados educando a jóvenes decididos, no siempre lo dio en términos de la salud mental, porque con todo su credo en la represión sexual lo único que hacían era explotar por dentro a sus alumnos, tornándolos perversos y luego teniendo que ocultar, justificando sus perversiones.

El seminario debe cambiar y no encerrar a los jóvenes, porque aislándolos de su familia los dejan a merced de cualquier abuso, en la misma estrategia que utilizan los abusadores de mujeres.

La jerarquía católica dice priorizar y proteger a la familia, pero se la arrebata a sus posibles nuevos miembros.

Si la formación llamada vocacional se diera adentro de las familias y la familia acompañara ese camino de principio a fin, la rectitud de conducta de los nuevos sacerdotes sería ejemplar y estaríamos ante una nueva generación de verdaderos pastores.

No de hipócritas como muchos de los que ahora ostentan el mando de la estructura religiosa del catolicismo.

Y no me he apartado un ápice de lo que pregona Francisco, pero lo he dicho distinto.
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