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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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03 Enero 2020 04:05:00
El país que somos
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Contra lo que se diga -y casi todos, en algún momento, lo expresamos-, México es un gran país. En apenas 198 años de vida independiente, ha superado guerras, invasiones, amputaciones territoriales, revoluciones y levantamientos. El último, por la vía armada, fue hace 26 años en Chiapas, en demanda de justicia y democracia. El de 2018 ocurrió a través de las urnas, motivado por los altos niveles de corrupción, impunidad, desigualdad y soberbia gubernamental.

Las decisiones de la mayoría no son siempre las mejores, como hoy mismo lo observamos incluso en los países más avanzados. Alfred Smith advertía al respecto: «Todos los males de la democracia pueden curarse con más democracia». No solo a la hora de votar, sino en el día a día, con una actitud positiva y congruente, desde las acciones más simples hasta las más exigentes.

En una de las caricaturas célebres de Abel Quezada, un ángel pregunta al Creador (cito de memoria): «Señor, ¿por qué en esta tierra te prodigas: mares, selvas, metales preciosos, petróleo… y a otras las privas de todo?». En su infinita sabiduría, Dios responde en silencio: sobre la cornucopia (esa forma de vaso que dio a nuestro territorio para distinguirlo de los demás) coloca a un charro, símbolo de identidad nacional.

Sin embargo, contra toda forma de denigración, somos un país rico en cultura, historia y tradiciones. Ha ganado el Nobel de la Paz con García Robles; el de Literatura con Octavio Paz, y el de Química con Mario Molina. También destaca en los campos del arte, la medicina, la ciencia, la tecnología y el deporte. Si no lo valoramos así es por esa propensión tan nuestra de mirar siempre la parte negativa.

Uno de nuestros mayores errores consiste en juzgar al país por el comportamiento de su clase política. Visto así, es uno de los más venales, displicentes, improductivos y menos afectos al cumplimiento de la ley. Ello explica la resistencia de liderazgos y cuadros valiosos de la sociedad a participar en la «res publica» o en los asuntos de Estado. Eso deja la vía libre a los partidos y a otros grupos para imponer los intereses de sus cúpulas a los de México.

Imposible disociar la situación del país de nuestro comportamiento como ciudadanos. El escritor y político francés André Malraux lo planteaba así: «Los pueblos no tienen los gobiernos que se merecen, sino los que más se les parecen». ¿Queremos gobiernos honrados, responsables y confiables? Seámoslo primero nosotros. Solo así tendremos autoridades dignas y decentes.

Asimismo, es imperativo tener fe como país. Reconocer que no somos depositarios de la verdad; defender nuestros valores y capacidades y respetar a los demás puede permitirnos sosegar los ánimos y conseguir un desarrollo justo, equilibrado y sostenible. Suponer que los privilegios de unos los tienen todos equivale a cerrar los ojos ante una realidad estrujante. La pobreza y la desigualdad alimentan la inconformidad.

Regar el enfado social con la gasolina de la demagogia y la discordia es irresponsable y suicida. La injusticia jamás se resolverá con retórica, sino con un reparto equitativo de la riqueza. Debe haber consensos sin sacrificar libertades. La solidaridad y la autocrítica son piedras angulares en la construcción de un nuevo México. Ni la autoflagelación ni las orejeras son la solución a nuestros males, sino el compromiso y la voluntad para cambiar y dar a México el lugar que merece.
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