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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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09 Junio 2019 03:59:00
El porqué y el cómo
El draconiano régimen de austeridad casi franciscana que intenta imponer al país el presidente Andrés Manuel López Obrador ha provocado reacciones, muchas de ellas de franco repudio. Uno de los sectores más castigados ha sido el académico. Los recortes presupuestales afectan su funcionamiento y obligan al despido de personal. La feroz tijera ya redujo los dineros destinados al Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y al Instituto Mora.

En la reciente Feria del Libro de Coahuila, dos miembros de El Colegio Nacional —estrella mayor del universo académico mexicano— hablaron en privado de la reducción presupuestal al Colegio. El más optimista la calculó en 50%, mientras el otro supuso una cifra más alta: 60 por ciento.

Una de las medidas más controvertidas en esta área ha sido la orden de que los viajes al extranjero de los académicos sean autorizados directamente por el Presidente. La razón aducida: terminar con lo que se ha llamado “turismo académico”. Es decir, constantes viajes de científicos y profesores para asistir a congresos en los lugares más insospechados donde se tratan temas de lo más esotéricos.

Allí está el porqué de la decisión presidencial. Dígase lo que se diga, el turismo académico era un hecho. No hablo de oídas. En alguna ocasión quien esto escribe fue invitado a moderar una mesa en un rimbombante “Congreso Internacional”, en el cual participaban especialistas de México, Estados Unidos y Canadá.

Dispuesto a cumplir con la encomienda entró al salón donde deberían leerse tres ponencias de igual número de especialistas. Primera sorpresa: el lugar estaba prácticamente vacío. Además de las tres ponentes, esperaban el inicio de la sesión un acompañante del moderador, una historiadora amiga de este y un gringo que sospecho andaba detrás de la historiadora. Asistencia total: tres personas, dos de las cuales abandonaron el lugar, pues la historiadora salió a participar en otra mesa seguida del silencioso gringo.

Aquello rayaba en el ridículo. Tres ponentes y el moderador sobrepasaban en uno al público asistente. Cuando las tres especialistas iban a subir a la mesa, el moderador les pidió leyeran una a una sus valiosas aportaciones al conocimiento, para que cuando menos las escucharan abajo las otras dos.

No todos los congresos son iguales, aunque cuando circulan fotos de las participaciones de los ponentes, lo más común es que estos aparezcan en aulas más vacías que en una clase de Epistemología a las tres de la tarde.

En este caso, el porqué está justificado. Sin duda muchos de esos congresos, tanto nacionales y extranjeros, podían suplirse con video conferencias. Otros no, por supuesto. Justificado el porqué, lo criticable es el cómo. Cortar de raíz no parece ser la mejor medida, pues afecta a instituciones y personas que prestan valiosísimos servicios a la cultura, a la enseñanza y el conocimiento.

Letras sueltas

“¿Puedo tomarme una foto con usted para comprobar que vine a entregar los carteles?”, preguntó a una sorprendida funcionaria estatal la encargada de distribuir la convocatoria de un concurso convocado por un ente federal. Otra vez el porqué: la corrupción. Antes, quizá, ni siquiera mandaban imprimir los carteles, pero sí los cobraban, y mucho menos los distribuían. Otra vez el cómo. Se antoja exagerado exigir una fotografía para probar que se cumplió con el trabajo. El péndulo se mueve de un extremo al otro. Esperemos que pronto encuentre el centro equilibrado.
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