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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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27 Septiembre 2010 03:00:00
El problema del envejecimiento
Ya desde 1966 la Iglesia estableció que los obispos presenten la dimisión de su cargo a la autoridad competente al cumplir los 75 años de edad.

¡El problema del envejecimiento es un asunto delicado! El libro del Eclesiastés nos dice: “Así, pues, decidí tomar a la vejez como mi compañera, consciente de que sería mi consejera en la dicha y mi alivio en las preocupaciones y penas” (Ecc. 8,9). De manera semejante hablan otros pasajes del Antiguo Testamento. Pero la Sagrada Escritura nos enseña, al mismo tiempo, que no son propiamente los años los que aumentan la sabiduría, sino “el espíritu”. El joven Elihú introduce así su primer discurso contra los tres más ancianos amigos de Job que, erróneamente, aseguraban que el sufrimiento era sólo el castigo del pecado: “… por eso evité, atemorizado, decirles todo lo que sé. Pensaba: ‘Que hable la edad, que enseñen sabiduría los ancianos, pero hay un “espíritu” en el hombre, (el soplo de Dios), que los hace inteligentes. Los años, solos, no dan sabiduría ni la edad sola, capacidad de discernir’. … Yo también haré mi aportación: … pues me siento lleno de palabras, preñado de un aliento incontenible, mi pecho encierra un vino sin salida es como un odre a punto de reventar”. (Job 32, 6-9 y 17-19). El libro de la Sabiduría dice: “… pues la ancianidad venerable no consiste en larga vida, ni se mide por los años. Las canas del hombre son la ‘prudencia’ y la edad avanzada es ‘una vida intachable’”. (Sab. 4, 9). Y en el Evangelio de San Lucas Jesús dice: “Nadie, después de beber un vino añejo, quiere del nuevo, porque dice: El añejo es el bueno” (Lc. 5-39).

También la Sagrada Escritura sabe que las fuerzas del viejo van disminuyendo. El libro del Eclesiástico dice: “Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y durante su vida no le causes tristeza” (Ecco. 3, 12-13).

Llegan, de hecho, los años, cuando el hombre (las excepciones son raras) no puede comprender ya las situaciones nuevas: ni las nuevas conquistas de la ciencia, ni las nuevas directrices del arte, ni la nueva sensibilidad, ni la nueva técnica… Él, no puede ya asimilar los valores de su tiempo. Las fuerzas son ya demasiado débiles. Es el ocaso. Además, el progreso de hoy es mucho más veloz que antes, el contacto con él es más difícil, y la distancia entre lo viejo y lo nuevo es, por eso mismo, más notable. De aquí procede la muy comprensible resistencia de muchos, (no de todos), a todo lo nuevo, la rígida defensa de las antiguas formas, actitud que, a veces, degenera, poco a poco, en una verdadera revolución de conservadurismo…

En la distancia progresiva que se da entre lo viejo y lo nuevo hay una ayuda que se puede dar a los ancianos, y es que tengan (junto a ellos) alguna persona de su confianza, que les pueda ayudar. Estos ancianos pueden conservar así (al menos mediante otro), el contacto con lo nuevo.

Esta clase de “mediación” es muy importante, especialmente para aquellos ancianos que ocupan cargos de mando y que, sin la ayuda de los demás, tomarían, inevitablemente, decisiones equivocadas ante las actuales situaciones del mundo, que, por ellos mismos, ya no pueden comprender. Por otra parte, ayuda, en esa distancia entre lo viejo y lo nuevo, si los promotores de las nuevas tendencias son comprensivos con los ancianos, si toman en cuenta las razones biológicas y psicológicas de sus actitudes, si toman en cuenta todo aquello que los ancianos crearon durante su vida, si consideran, substancialmente, lo que permanece de válido, al comparar las formas viejas y nuevas, si no olvidan que, algún día, también las formas actuales serán viejas.
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