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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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07 Noviembre 2011 04:00:41
El Pueblo de Dios
Con este término no debemos entender a todos los fieles enfrentados a la Jerarquía, sino más bien a la Iglesia en su totalidad, con todas las familias, comunidades y grupos que la conforman, pero todos ellos bajo el punto de vista de un pueblo, que Dios convoca para Él, que se le manifiesta, lo santifica, lo guía y, por medio de él, dirige al mundo entero hacia la perfecta unidad.

La Iglesia describe brevemente a este “Pueblo de Dios” como la expresión de la voluntad salvífica y soberana de Dios, que no está ligada a las situaciones limitadas de cada época histórica ni sólo a la pertenencia de un determinado pueblo. Todos pueden ser salvados.

En todo tiempo y en toda nación, Dios acepta a cualquiera que cree en Él y actúa con la justicia. Sin embargo, la actividad salvífica de Dios en la historia se resume en la formación de un especial “Pueblo de Dios”, con el cual Dios, ya desde el Antiguo Testamento, pactó una alianza y cómo poco a poco, lo instruye, en cada época de la historia se le Revela, le da a conocer su Voluntad y lo santifica. Sin embargo, esto es solamente la preparación y la imagen de la nueva y perfecta alianza a través de una Revelación más perfecta por medio de Jesucristo.

En esta Nueva Alianza el Pueblo de Dios se fundamenta no sólo en la carne sino, sobre todo, en el Espíritu, compuesta por judíos y no judíos, cuya cabeza es Jesucristo, que es también cabeza de toda la humanidad. El conocimiento de esta Nueva Alianza es más profundo y personal por la acción del Espíritu Santo y la aceptación de la Ley de Dios, como lo expresa Jeremías: “Pondré mi Ley en su interior y la escribiré en sus corazones”. El punto de partida de esta “Comunidad salvífica” es su institución en la Sangre de Cristo y, entre los hombres se instituye en la asimilación de la Palabra de Dios por medio de la fe y en el nuevo nacimiento como hijos de Dios a través del bautismo y la gracia del Espíritu Santo. En efecto, el individuo, en esta Nueva Alianza, se santifica convirtiéndose en miembro del nuevo Pueblo de Dios.

La independencia y las características de este Pueblo quedan establecidas por el hecho de que recibe determinadas estructuras operativas de su cabeza que es Cristo, tanto en su etapa terrena como en su glorificación. Además, el hecho de pertenecer a este Pueblo, trae como consecuencia el poder gozar de la libertad de los hijos de Dios. El orden y el bienestar de este Pueblo, brotan de la ley fundamental del amor. La formación de este Pueblo es la preparación de la realización del Reino de Dios hasta el fin de los tiempos. En este sentido este Pueblo Mesiánico constituye, para toda la humanidad, un “germen validísimo” de unidad, de esperanza y de salvación.

De la misma manera que ya al Israel del Antiguo Testamento se le llamaba Iglesia de Dios, así también al nuevo Israel se le llama Iglesia de Cristo. La Iglesia expresa de manera muy concisa el origen de su existencia y su fin, con estas palabras: el ser y que hacer de la Iglesia como Comunidad es la acción creadora, convocadora y unificadora de la voluntad salvífica de Dios. La causa histórica inmediata es Jesucristo, cuyo don es la salvación, la unidad y la paz. El fin es la realización de la unidad de toda la humanidad para formar “la gran familia de los hijos de Dios”. El sujeto de la salvación es, en primer lugar, y directamente, el Pueblo, la Comunidad, la Iglesia como “modelo” de la Alianza, mientras que cada individuo es sujeto sólo en cuanto que es miembro de este Pueblo portador de las promesas mesiánicas. Todos los caminos salvíficos de Dios conducen a la formación de una Gran Comunidad. Sin embargo, los hombres que no conocen este plan de la voluntad de Dios de formar un Gran Pueblo, y, por lo tanto no se constituyen como miembros de la Iglesia, (pero que, sin embargo, si siguen la voz de su conciencia), se colocan en el camino hacia esta Gran Comunidad y se orientan hacia la edificación del Reino de Dios.

¿En dónde pues está la importancia de la existencia de este “Pueblo de Dios”? Está en que este “Pueblo”, es la expresión del amor y de la Misericordia de Dios hacia los hombres. Esto es lo que ilustra bien la continuidad, (y también las diferencias) entre la Antigua y la Nueva Alianza. Esto expresa una más profunda actuación de la Iglesia en cuanto “comunión en el amor”, comunidad o asamblea. Esto también ayuda al trabajo del ecumenismo, especialmente en el diálogo con iglesias evangélicas. Esta realidad de “Pueblo de Dios” se acerca más, a la manera de entender las cosas, de la doctrina oriental de los ortodoxos y de la doctrina occidental sobre la Iglesia. Esta concepción de la Iglesia corresponde a las revelaciones de la Sagrada Escritura.
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