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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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14 Marzo 2011 02:00:47
El que está casado, ¿se encuentra dividido?
Si es cierto que el corazón de todo cristiano debe ser “virginal” e “indiviso”, ¿qué cosa significan entonces las siguientes palabras de san Pablo?: “Quien no está casado piensa en las cosas del Señor, esto es, piensa en cómo agradar al Señor. Al contrario, el que está casado piensa en las cosas del mundo y en cómo agradar a su esposa, por lo que, se encuentra dividido” (1 Cor. 7,32-33).

¿Acaso san Pablo quiere afirmar que los esposos, por razón del matrimonio, están condenados a la “división del corazón”, y que la tendencia del corazón hacia Dios esté necesariamente dañada por la naturaleza misma de su vínculo matrimonial? Podemos negarlo con toda tranquilidad. En efecto, es propio de san Pablo afirmar, con más fuerza que otros, que el cristianismo se centra en el amor como “servicio al prójimo” (Rom. 13, 8-10).

Ahora bien, el verdadero amor conyugal y el cuidado de la familia, no son otra cosa que una especie particular de este servicio, (especie, en la cual el prójimo está representado por el propio cónyuge y por los hijos). Es propio de san Pablo también, buscar siempre “las cosas de arriba”, lo cual incluye, el servicio concreto de amor al prójimo. También es propio de san Pablo afirmar que el amor conyugal, realizado cristianamente, es imagen y participación del amor que Cristo tiene a su Iglesia. Ahora bien, si se trata de una participación del amor de Cristo, ¡cómo podría separar de Cristo! El mismo san Pablo que dice, a propósito de la persona célibe: “El que no está casado piensa en las cosas del Señor, esto es de cómo agradar al Señor” (1 Cor. 7, 32), escribe también, a propósito de todos los cristianos, (incluyendo a los que están casados): “animémonos a caminar hacia la patria prometida, esto es, hacia el Señor. De esta manera nos esforzamos por ser agradables a Él” (2 Cor. 5, 8-9).

No debemos, por lo tanto, separar el séptimo capítulo de la Carta a los Corintios, del resto de la doctrina Paulina, sino que debemos interpretarlo en el cuadro del pensamiento “integral” de san Pablo.

¿Acaso, no existe una interpretación satisfactoria de tal “división” del hombre casado, según 1 Corintios 7? Puede ayudarnos a comprender mejor la afirmación de san Pablo, esta reflexión: el hombre casado debe incluir en su amor al prójimo, de modo particular, el amor a la esposa y a los hijos, lo cual no significa, necesariamente, la “división del corazón” en su tendencia hacia Dios. En efecto, este dirigir el amor hacia la esposa y los hijos no es, en ningún modo, un debilitamiento de la relación de amor con Dios.

Por otro lado, es cierto, que el instinto materno o paterno y la fuerza del erotismo y del sexo, son una ayuda para unión de la pareja, aunque esto, pudiera perturbar el amor al prójimo. Es también verdadero que para la persona célibe es más “fácil” consagrarse a Dios con corazón indiviso. Pero no es cierto que la fuerza y la impetuosidad de los instintos, necesariamente produzcan el desorden en los cónyuges, a tal grado que, se les divida el corazón.

Esto se comprende más fácilmente en el marco de la teología moderna, especialmente en el nuevo desarrollo de la teología del amor, ya que es decisiva la comprensión de esta realidad: toda acción del hombre brota, al fin de cuentas, de su centro personal. La gracia de Dios renueva y fortalece íntimamente este centro, marcándolo con la imagen de Cristo, llenándolo de la vida de Cristo, la cual, por el hecho de ser la vida del Hijo, espontáneamente tiende hacia el Padre, aun en los momentos en que el cristiano no piense expresamente en Dios, inclusive cuando trabaja y disfruta del tiempo libre.

Si este trabajo y tiempo libre es, en sí mismo, ordenado, si se desenvuelve conforme a la ley de Dios, estará de acuerdo con el pensamiento del Padre, y tiene ya, por esto, una relación hacia el Padre, y, al mismo tiempo es impregnado del amor de Cristo que la gracia le infunde al hombre.

Por lo tanto, instintivamente, el corazón del hombre tenderá hacia el Padre y este impulso hacia el Padre estará, sensiblemente presente, en el cristiano que tiene el corazón bien formado, de la misma manera como está presente, por ejemplo, en las madres, su instinto materno, aun cuando no estén pensando expresamente en sus hijos.

Ahora bien, por medio de este “instinto sobrenatural”, el amor de los cristianos, (incluyendo el amor ordenado de los cónyuges), mantiene, su relación completa con Dios y, por este motivo, será indiviso.
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