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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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11 Abril 2011 03:00:52
El sacerdocio de los laicos
El culto que celebran los laicos no es una oferta cualquiera, sino que es una oferta verdaderamente “sacerdotal” ya que provienen de su centro personal, es decir, de su corazón, y participan del sacerdocio de Cristo. La Iglesia nos dice: “los creyentes en Cristo, una vez que ha sido regenerados por el Bautismo, por la Palabra de Dios y por la gracia del Espíritu Santo, constituyen una verdadera ‘estirpe elegida y sacerdocio real’”. El sumo y eterno sacerdote, Jesucristo, queriendo continuar a través de los laicos, la predicación de su Evangelio y su acción salvífica, los vivifica con su espíritu y constantemente los impulsa a practicar toda obra buena. De esta manera Jesucristo asocia íntimamente a los laicos a su misión salvífica, participándoles su oficio sacerdotal para ejercer un verdadero culto espiritual, con el fin de que Dios sea glorificado y los hombres sean salvados.

La Iglesia nos recuerda los fundamentos de este sacerdocio y su contenido: “Cristo el Señor, Pontífice del Nuevo Pueblo de Dios, creó un reino de sacerdotes para el Dios y Padre suyo” (Apoc. 1, 6). Por lo tanto todo cristiano bautizado es sacerdote. En efecto, “Los bautizados, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo. Son consagrados para formar un “templo espiritual y un sacerdocio santo”, para ofrecer a través de todas sus actividades, sacrificios espirituales y dar a conocer los prodigios de Aquel, que los ha llamado de las tinieblas a su luz admirable (1 Pd. 2, 4-10). Por lo tanto, todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios (He. 2, 42-47), se ofrecen a sí mismos como víctimas vivas, santas y agradables a Dios, dando, a quienes lo requieran, testimonio de Cristo y razón de su esperanza de vida eterna, (1 Pd. 3, 15).

Si bien, la doctrina sobre el sacerdocio de los laicos estaba claramente contenida en la Sagrada Escritura, algunos teólogos no se atrevían a hablar de esto, por temor de hacer daño a los que participaban del sacerdocio ministerial o jerárquico, esto es, a los sacerdotes que participaban del sacerdocio de Cristo por medio del Sacramento del Orden, y también para evitar que los laicos se involucraran en las funciones propias de los sacerdotes ministeriales, por ejemplo, presidir la celebración de la misa, consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, absolver de los pecados, etc… Si estos teólogos, alguna vez se arriesgaban a hablar del sacerdocio de los laicos, se expresaban como si no se tratase de un verdadero sacerdocio, sino de algo parecido.

Hoy, ya no se puede hablar de este modo ambiguo, del sacerdocio de los laicos, ya que, la Iglesia declara expresamente: “El sacerdocio común de los laicos y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque son diferentes esencialmente y no sólo en algún grado, están destinados a ser, el uno para el otro, participando, cada uno a su modo, del único sacerdocio de Cristo”. Por lo tanto también el sacerdocio de los laicos es verdadero sacerdocio, como es verdadero el Sacerdocio de Cristo.

Este “único Sacerdocio de Cristo” tiene una “misión única”, ya que, aunque en la Iglesia hay diversidad de ministerios, la misión es una sola. Los Apóstoles y sus sucesores han recibido de Cristo el oficio de enseñar, regir y santificar en su Nombre y con su Autoridad. Pero también los laicos, que también participan del oficio Sacerdotal de Cristo, tienen su tarea propia en la misión de todo el pueblo de Dios, en la Iglesia y en el mundo. También los laicos ejercen su apostolado evangelizando y santificando a los hombres, y animando y perfeccionando con espíritu evangélico “al orden temporal”, de tal manera que su actividad en este orden constituya un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres.
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