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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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29 Noviembre 2010 04:00:05
El sentido religioso atrofiado
Cuando el hombre se preocupa poco en buscar la verdad y el bien, entonces, la conciencia se va quedando ciega como consecuencia del estado habitual de pecado. El sentido espiritual que nos permite percibir a Dios como “norma moral”, y la percepción de su luz y su juicio, se van apagando. Y con esto, también se va apagando el sentido que nos permite percibir a Dios como santo. Esto es, se oscurece el sentido religioso. Si bien cada uno está dotado de este sentido espiritual en su “centro personal”, la fuerza del pecado va haciendo que este “ojo espiritual” ya no vea, y que el “oído espiritual” ya no oiga. El sentido espiritual se va apagando poco a poco hasta convertirse en un “órgano atrofiado”.

Una atenta consideración de estas realidades nos hace comprender esta amarga constatación: ¡Qué poco accesible es el hombre moderno a la religiosidad! La Iglesia siempre trata de liberarse de todo aquello que en sus métodos ya esté rebasado y de readaptar su trabajo espiritual a la sensibilidad y a las estructuras del nuevo mundo.

Sin embargo este trabajo espiritual le interesa muy poco a la gente, debido que el “sentido espiritual” que debería estar abierto y sensible, en muchos casos se encuentra debilitado o totalmente atrofiado.

La primera causa de este debilitamiento y de esta atrofia es el “estado habitual de pecado” de la gente. Se trata, por lo tanto, de todos los fracasos morales que hay en la historia de la humanidad y de las respectivas culpas personales de cada individuo. Entre más se separa de Dios el hombre, por el pecado, menos actúa en él el “sentido religioso” y más profundamente se atrofia este sentido.

Más aun, cuando los cristianos no se alejan de Dios, pueden todavía verse privados de una “introducción sistemática” al cultivo de su sentido religioso. En efecto, no hay todavía una acción espiritual “constante” que mantenga vivo y activo este sentido en el mundo moderno. Se necesita mantener una “introducción constante” en el pueblo, a la experiencia religiosa. “Introducción” que debería estarse siempre reconsiderando, cada vez con más conciencia y experimentarla siempre de manera nueva.

En la actualidad, esta “introducción” no se puede dejar ya a la iniciativa individual de algún predicador, asceta o místico. El hombre moderno debe pasar de las “convicciones religiosas teóricas”, contenidas en las fórmulas de la oración del “credo” a ser verdaderamente creyente religioso por medio de una “auténtica experiencia religiosa” y ser introducido en esta “experiencia” en el seno de la Iglesia. La Iglesia no debe comunicar su doctrina sólo con “fórmulas preestablecidas” o con conceptos puramente mentales.

La mera comunicación del “dogma cristiano” no es suficiente, porque ya no encuentra resonancia en el mundo profano, ni una “aceptación incondicionada” en la opinión pública. Si tal doctrina no es acompañada y sujeta a una “experiencia” religiosa personal, entonces no tendrá ningún efecto, sino solamente será la pálida fuerza de una ideología superficial, que no conducirá a un cambio en la vida concreta de los individuos.

En la vida espiritual de la Iglesia encontramos, es cierto, algunos esfuerzos, que constituyen un “cierto estímulo” al sentido religioso. Así, por ejemplo la recomendación de favorecer el “recogimiento interior”, como lo hacen los autores espirituales. Sin embargo, esto no logra llegar a abrir “los ojos espirituales” que permitan tener la experiencia del Dios vivo. De manera semejante, la percepción de la llamada “consolación espiritual”, trata de llegar a la experiencia de Dios que se revela. Hay otros esfuerzos que tratan de introducir a la gente en el ejercicio del “discernimiento de los espíritus” en donde el “espíritu bueno”, sería de nuevo el tener la “experiencia de Dios”.

También algunas introducciones a la “simple presencia de Dios”, tratan sobre el recogimiento del hombre en su “centro personal” donde Dios se le manifiesta. Lo mismo vale para ciertas introducciones a la “oración de la fe”, a la “oración pura”, y otras cosas semejantes. Pero con todo esto, nunca se llega a una “atención espiritual estable y general” que comprenda a todos los cristianos. Hoy la Iglesia nos recuerda a todos que la cultura entera debe movernos a la “perfección integral de la persona” y debe incluir, en este intento, el deber de “cultivar el sentido religioso”.
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