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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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04 Abril 2011 03:00:31
El trabajo y la recreación son culto a Dios
El espacio del “don de sí mismo” a Dios se realiza, por una parte, en la participación en la misa, pero por otra parte también se puede realizar en todas las demás actividades ordinarias, que, bien realizadas, pueden convertirse en verdaderos actos de culto a Dios. Se verifican en estos casos los tres elementos necesarios para el culto: el donador, el don y, siempre presente, también Dios que acepta el don. También cuando el cristiano se dona directamente a sus prójimos en un generoso servicio; este servicio, al mismo tiempo se constituye en: “la religión pura y sin mancha” ante Dios (Jn. 1, 27), esto es, en culto a Dios.

También el “servicio directo” a los demás, al igual que el resto de su vida y actividades, como por ejemplo la “sana recreación” y hasta el mismo juego son, para el cristiano que está “consagrado por el Espíritu Santo”, un culto a Dios, ya que su característica propia es estar siempre “movido por el Espíritu Santo” (Rom. 8, 14). La Iglesia dice, hablando de los laicos, que todas las obras del cristiano, como son, la oración y las iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, e, inclusive las molestias de la vida, si son sobrellevadas con paciencia, se convierten en actos de culto agradables a Dios por Jesucristo (1 Pedro 2, 5). El cristiano realiza todo esto “en el Espíritu”, si, de veras, es “movido por el Espíritu Santo”, porque hará todo esto, precisamente porque es “llevado por el Espíritu Santo”, sin tener ya que añadir alguna otra intención. Pero el hecho de que alguien sea “movido por el Espíritu”, se reconoce especialmente cuando su servicio al prójimo es por amor. Porque es el Espíritu Santo quien, de modo particular, nos infunde el amor.

Según la Iglesia, aun la “vida conyugal” y la sana recreación, cuando se realizan cristianamente, son un “culto agradable a Dios por Jesucristo”. En el mismo trabajo ordinario el cristiano actúa como Jesucristo, que trabajaba, “con sus propias manos”, en Nazaret. Así también, sucede con el juego del cristiano, que tiene su prototipo en la Sabiduría Divina que “desde la eternidad estaba con Dios, disponiendo con Él todas las cosas, ‘recreándose’ en toda la tierra y encontrando ‘sus delicias’, en habitar entre los hijos de los hombres”.

De igual manera, “la adoración” no consiste sólo en una determinada “hora de adoración” que se realice dentro de las paredes de una Iglesia. También el trabajo ordinario y la sana recreación pueden ser “adoración y culto a Dios”, también en este caso los cristianos son “adoradores”.

El trabajo y la recreación cristiana son, por lo tanto, verdadero culto a Dios, por eso los cristianos deben ofrecer a Dios todo esto, particularmente en la celebración de la misa, poniendo toda su vida en la patena junto al Cuerpo de Cristo. De esta manera, los cristianos integran en la celebración de la misa todo su trabajo cotidiano. ¡Qué lejos está todo esto de las actitudes de tiempos pasados en los que se trataba de “aislar” el culto Divino de las actividades concretas de cada día!. Por ejemplo hay que recordar cómo se hacía en el pasado la preparación del pan que se iba a usar para la celebración de la misa. En efecto la preparación del pan era separada intencionalmente del trabajo ordinario. En el Oriente, habitualmente, solamente los clérigos podían preparar este pan, (¡en ningún caso, las mujeres!), y, esto, en un lugar eclesiástico, acompañando la elaboración del pan con la oración y, haciéndolo, de ser posible, el mismo día de la misa. También en el Occidente, según la costumbre de los monasterios, eran los clérigos quienes habrían de seleccionar, grano por grano el trigo con el que se habrían de elaborar las hostias. El molino debería estar perfectamente limpio y cubierto con una carpa especial. El monje que manejaba el molino, debería ir vestido con el alba y el paño de hombros. Las mismas vestiduras deberían llevar los cuatro monjes a los que se confiaba el cocimiento de las hostias. De éstos, al menos tres deberían ser diáconos. Durante el trabajo deberían guardar silencio para que su aliento no llegara a las hostias. ¡Qué lejos estaba entonces el trabajo cotidiano, del culto que se rendía a Dios!. Ahora, en cambio, el trabajo cotidiano está colocado en el centro de las actividades del culto religioso.
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