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Joel Almaguer
Joel Almaguer
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Inició sus estudios en la Universidad Autónoma de Coahuila, donde tuvo como maestros a Gerardo Monjarás y en sus últimos años al reconocido pianista regiomontano Gerardo González. Ha desarrollado su actividad musical como pianista en danza y como acompañante de cantantes principalmente. Ha participado en musicales como pianista. Imparte diplomados en historia de la música para la UAdeC. El año pasado vivió en Francia donde tuvo oportunidad de compartir su talento musical. Música Sobre Ruedas es un proyecto que ha desarrollado para compartir música en espacios públicos. Actualmente también es miembro de la Orquesta Filarmónica del Desierto donde participa activamente en el Coro Filarmónico. [email protected]

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22 Julio 2018 04:00:00
El último Beethoven
Dos de los grandes desafíos en materia de composición para un autor son la fuga y el cuarteto de cuerdas. En el primero, cuyo más grande ejemplo es Johann Sebastian Bach, el compositor debe manejar de manera perfecta el uso de voces y temas. En el segundo desafío, la dificultad radica en que con cuatro elementos el compositor debe ser capaz de sintetizar toda una idea musical. No es gratuito que los grandes compositores se impongan este reto a manera de saber si son capaces de hacer una obra perfectamente lograda y equilibrada con tan pocos elementos. Porque con 100 instrumentos la genialidad puede llegar a diluirse, a ser engañosa, pero en el cuarteto todo es evidente.

Beethoven fue criticado por no usar la forma fuga durante un tiempo de su vida. La fuga es tan mecánica, que carece de expresión, decía el genio. Aún así había hecho trabajos con este recurso durante su juventud. Años más tarde, al final de sus días, Beethoven compondría una de las fugas mejor logradas y de una complejidad que incluso hoy asombra a muchos.

Los cuartetos para cuerdas 12 al 16 son los últimos del compositor y donde se evidencia para muchos la verdadera esencia del genio alemán. La Grosse Fugue deja contundente testimonio de que Beethoven era capaz de componer fugas. Algunos de estos cuartetos fueron bien recibidos. Otros no tanto. “Qué me importa a mí su maldito violín”, dice alguna vez Beethoven en respuesta a un músico que catalogó como intocable su obra. “¿No les gusta mi obra? No importa, yo no compongo para ellos, yo compongo para el futuro”.

Beethoven era consciente de la trascendencia de sus últimos cuartetos, escritos entre 1824 y 1826. Muss es sein? Es muss sein. ¿Tiene que ser? Tiene que ser. Son las palabras que se leen en el último movimiento del cuarteto 16. Tiene que ser. Unas palabras sobre el destino que Beethoven en repetidas ocasiones caviló. Cuando el destino llega, es inevitable aceptarlo. Por más que impongamos nuestra voluntad, existe esta historia que se repite una y otra vez. Es lo Tomás, en La Insoportable Levedad del Ser, se pregunta al igual que Beethoven. El destino se impone.

También Thomas Mann admira los últimos cuartetos del compositor y lo deja claro en palabras de Adrián, protagonista de Doktor Faustus: “Es irritante tan sólo, a menos que no quiera uno ver en ello motivo de satisfacción, que no exista para caracterizar ciertos elementos de la música, o por lo menos de esta música, ningún adjetivo apropiado, ni ninguna combinación de adjetivos. Nada qué añadir.
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