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Gerardo Hernández
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26 Julio 2019 04:06:00
El último tango
La crisis del PRI se manifiesta en las urnas –donde Morena lo superó por 17.5 millones de votos en 2018–, pero sobre todo en la falta de liderazgo y autoridad moral de sus últimos presidentes. Después de dirigirlo políticos de la talla de Jesús Reyes Heroles, quien, como secretario de Gobernación, promovió reformas para iniciar la transición democrática, cayó en manos de Humberto Moreira, expulsado del PRI en 2017; no por los escándalos causantes de su captura en España, acusado de peculado, blanqueo de dinero y delincuencia organizada, sino por su postulación para diputado local por el Partido Joven.

Otro caso de líderes del PRI en las antípodas lo representan Luis Donaldo Colosio y Enrique Ochoa Reza. El primero se formó en las filas del partido fundado por su paisano Elías Calles, en 1929, y ascendió hasta convertirse en candidato presidencial; su propuesta para reformar el poder consistía en “cerrarle el paso al influyentismo, a la corrupción y a la impunidad”, hoy banderas de Andrés Manuel López Obrador, pero fue asesinado. En 2010, Ochoa aspiraba a ser consejero del IFE (hoy Instituto Nacional Electoral); cuando el diputado del PT Juan Enrique Ibarra lo interrogó acerca de su filiación partidista, el burócrata anodino respondió sin ambages: “No formo parte del Consejo Político Nacional del PRI, ni soy militante”.

Peña Nieto y un grupo de tecnócratas y gobernadores secuestraron al PRI antes de ocupar Los Pinos. Con la corrupción hasta el cuello y su popularidad por el suelo, el peñismo pretendió salvar la presidencia y cuidarse las espaldas con un candidato externo, pero la apuesta por José Antonio Meade resultó suicida. El priismo castigó el atropello y se abstuvo de votar o lo hizo por López Obrador. Sin embargo, nadie, bajo unas siglas asociadas con el tráfico de influencias, la impunidad, la soberbia y la “mafia del poder” tenía posibilidades de triunfar en una elección resuelta de antemano.

El repudio contra Peña Nieto y su pandilla fue abrumador. Meade no ganó ni uno solo de los 300 distritos electorales ni de los 32 estados. Ni Roberto Madrazo, en las presidenciales de 2006, recibió tamaña humillación. El PRI es hoy la tercera fuerza en el Congreso, muy por debajo de Morena y superado por el PAN. También perdió la mayoría de las legislaturas locales, es oposición en las principales ciudades del país y solo controla 11 gubernaturas, dos de las cuales (Estado de México y Coahuila) se decidieron en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Morena y el PAN impugnaron los triunfos de Alfredo del Mazo y de Miguel Riquelme por haber excedido los topes campaña.

En esas circunstancias elegirá el PRI a su nueva dirigencia el 11 de agosto. Alejandro Moreno, gobernador de Campeche con licencia, satélite de Peña Nieto y comparsa del presidente López Obrador, y la exgobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega, son los principales aspirantes a la presidencia. Ortega canceló su gira a Coahuila por las amenazas de Rubén Moreira. La cúpula del PRI alineó a los gobernadores e infló el padrón de afiliados en favor de Moreno. En respuesta, José Narro Robles, exrector de la UNAM y exsecretario de Salud, declinó a sus aspiraciones y renunció al partido; lo mismo hicieron quienes, en otro tiempo, fueron “militantes distinguidos”, como Rogelio Montemayor, gobernador de Coahuila (1993-1999) y director de Pemex (2000).
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