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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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03 Octubre 2019 04:06:00
El último tlamatini
La muerte del historiador, filósofo y humanista Miguel León-Portilla, el último gran tlamatini (hombre sabio, en náhuatl), enluta a la historiografía mexicana, en la que marcó una huella profunda. Continuador de la obra de su maestro, el padre Ángel María Aguilar Kintana, quien, por decirlo así, le inoculó la pasión por las culturas prehispánicas y, especialmente, el idioma náhuatl, León-Portilla profundizó los estudios sobre la literatura y el pensamiento de los habitantes del Altiplano antes de la llegada de los españoles.

Hasta Aguilar Kintana y el recién fallecido, el interés por las culturas prehispánicas había sido eminentemente arqueológico: estudios sobre vestigios arquitectónicos, escultóricos y pictóricos. Ellos se enfocaron en el pensamiento y la literatura, rescatando verdaderas joyas de la poesía azteca, que el padre Aguilar Kintana reunió en tres monumentales volúmenes de Poesía Náhuatl.

Infatigable investigador y erudito lingüista, León-Portilla rescató en La Visión de los Vencidos testimonios de los aztecas sobre el impacto de la Conquista, libro que se convirtió rápidamente en un clásico con traducciones en 15 idiomas y decenas de ediciones.

A contracorriente de la vieja frase según la cual la historia la escriben los vencedores, León-Portilla rescató la voz de los derrotados, pueblo al que los conquistadores, con la cruz y la espada, destruyeron su mundo, sus dioses y su ancestral organización político-social. Antes de él, conocíamos solamente la visión unilateral de los vencedores, los conquistadores. El traumático episodio se refleja en los testimonios recogidos en el libro.

Querido maestro de la Universidad Nacional Autónoma de México, el respetado último tlamatini fue objeto de incontables reconocimientos, el último de los cuales, la medalla Nezahualcóyotl, otorgada por la Secretaría de Educación Pública por primera vez, la recibió en la cama del hospital rodeado de sus familiares.

Expositor ameno, era capaz de hacer fácil incluso para los legos intrincados temas de lingüística. Fue hombre sencillo, de buen humor. Cuando cumplió 80 años, la UNAM organizó un homenaje en su honor y en el de la inolvidable doctora Clementina Díaz y de Ovando, quien completaba 90. Presidió el acto el entonces rector Juan Ramón de la Fuente.

En su discurso de agradecimiento, León-Portilla dedicó parte de su pieza oratoria al elogio de su casa de estudios. Dijo, palabras más, palabras menos, sentirse privilegiado al pertenecer a la UNAM, donde no solamente gozaba el placer de enseñar a jóvenes, sino también recibir respaldo para sus investigaciones, publicar sus libros y disfrutar cada mañana de la belleza de los jardines de Ciudad Universitaria. Remató el elogio con la frase: “Y encima me pagan”.

Desde el presídium y en alta voz, el rector De la Fuente le replicó: “Lo último tiene remedio”. La carcajada fue general. Horas después, durante la comida, reconvino en broma a De la Fuente: “Señor rector, es preciso considerar arrebatos líricos lo que a veces se dice en la tribuna cuando se pronuncia un discurso, especialmente si se habla de salarios”.

Murió después de una larga vida plena de frutos y realizaciones. La suya fue, como dicen que decía, “una vida feliz y completa, con exceso de juventud a cuestas”. Cumplió al pie de la letra el viejo proverbio chino: “Hay que morir joven… lo más tarde que se pueda”. Nos quedan sus libros y sus recuerdos.
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