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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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28 Abril 2019 03:00:00
El voluble pueblo
Los inconstantes sentimientos del pueblo, no siempre bueno ni atinado, se plasman en el relato de la Semana Santa. Cristo Jesús transitó en solo cinco días de su entrada triunfal a Jerusalén, el Domingo de Ramos, al viernes de la crucifixión.

De la apoteótica bienvenida a la condena brutal. Una condena que, además, se decidió en el más puro estilo populista, cuando Poncio Pilatos preguntó a la multitud a quién debería liberar, si a Jesús o a Barrabás, un hombre acusado de sedición y homicidio. A mano alzada y con gritos destemplados –no hay nada nuevo bajo el sol– la muchedumbre exigió la libertad de Barrabás, lo cual conllevaba el sacrificio de Jesús.

El relato de Lucas de ese día fatal viene a la memoria con las noticias sobre las primeras caídas de la popularidad del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien parecía blindado contra toda crítica, dichos y hechos.

Hasta hace poco, hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera, opinara lo que opinara la comentocracia, él mantenía sólida, sin fisuras ni raspaduras, la adhesión de los 30 millones de mexicanos que votaron por él. Ahora, a más de cuatro meses de haber asumido el poder, su popularidad sufre un resbalón que ronda el 13%, según algunas encuestas. La curva de descenso podría acelerarse en un futuro próximo por la lenta y débil reacción del gobierno tras la masacre de Minatitlán.

El fenómeno es comprensible y hasta cierto punto, previsible. Habiendo, además, al menos tres factores que, eventualmente, lo agudizarán:

1.- Haber arrasado en las urnas, acaparando los sufragios de más de la mitad de los votantes, fue, sin duda alguna, una hazaña memorable. Una hazaña, sí, pero que en su seno incubaba la semilla de la decepción. Los 30 millones que votaron por él lo hicieron movidos por dos sentimientos: el hartazgo y la esperanza. Fincaban su fe en la posibilidad de cambios profundos –ingenuamente pensaron que podrían ser inmediatos–, lo cual no ha ocurrido ni era posible que ocurriera.

2.- Está fuera de duda: Andrés Manuel López Obrador, su terquedad y su discurso anticorrupción y a favor de los pobres apuntalaron el triunfo en las elecciones. Sin embargo, no es posible soslayar la forma como el decepcionante sexenio de Enrique Peña Nieto le pavimentó el camino hacia la Presidencia de la República. AMLO obtuvo un gran éxito. Nadie debe ni puede regateárselo, pero también es evidente que Peña Nieto cooperó en ese resultado aportando una escandalosa derrota.

Tiempo atrás, en este mismo espacio se intentó un parangón entre la llegada de López Obrador a la Presidencia y el triunfo de Francisco I. Madero. En ambos casos, se decía, el apetito de cambio –no más Porfirio Díaz; no más Peña Nieto– aglutinó temporalmente fuerzas heterogéneas.

Sin embargo, una vez conseguida la caída de Díaz y el adiós al sexenio de Peña Nieto, esas fuerzas, unidas coyunturalmente, empezarían a jugar su propio juego. Hoy, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y la maestra Gordillo persiguen sus fines sin importarles si coinciden o no con los de AMLO.

3.- Cuatro meses de promesas insistiendo en un discurso con reproches al pasado, la prensa fifí y los conservadores, novedoso al principio, empieza a perder efectividad.

Muchos ya se cansaron de maldecir el ayer. Piensan en el hoy y en el mañana, dos tiempos para los que el nuevo gobierno no ha sido capaz de ofrecer una respuesta con hechos.

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