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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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24 Noviembre 2018 04:01:00
Elvis de Texcoco
“Cancelaron la construcción del aeropuerto de Texcoco porque es para fifís”, dice la gente. Mientras escribo esta columna voy en un avión de Aeroméxico a Guadalajara, el sábado comienza la Feria del Libro, la más grande del mundo en lenguas romances. Conmigo y una centena de pasajeros más, van cuatro mujeres con niños pequeños. Cuatro mamás con dos o tres niños cada una que, además llegaron hasta la puerta del avión con cuatro respectivas carriolas.

Va también un señor de setenta y tantos en silla de ruedas. La empuja un estibador del aeropuerto. Él subió primero, luego los de primera clase, quienes nomás sentarse, una sobrecargo les puso en la mano un vaso de vino o una cerveza llorona. Pagaron por ese detalle. Nos ven desde su púlpito desfilar por el pasillo con una maletita. Me tocó el asiento 26C. Abordo con el segundo grupo. Los miro, vaso en mano, y creo que se ven muy fifís.

Desde mi asiento de gayola contemplo a los demás pasajeros y cuál va siendo mi sorpresa que veo abordar a Elvis, sí, el amo del rock and roll. Copete, patillas, lentes, sonrisa más parecida a la de Luis Miguel que a las del santo de Graceland; camisa roja de satín con cuello doble extra large. Viene con otros cuatro, con pinta de peatones urbanos. Uno de ellos me pide pasar y se sienta a mi lado. Le ayudo a buscar el enchufe de su cinturón de seguridad.

En pleno vuelo, me atrevo a preguntarle, “¿vienes con Elvis?”. Me dice que sí, que van a Puerto Vallarta a una despedida de soltero. “¿Él es el novio?”, lo cuestiono, porque lo vi ligándose a la sobrecargo. Responde que no, que es inofensivo. “Ah, entonces es el patiño para la despedida”, reafirmo y una bolsa de aire hace que se me recargue en el hombro. Pesa, me digo y lo escucho decir que así viste a diario. Obvio, es admirador de Elvis.

Cuando la sobrecargo pasa ofreciendo las bebidas y la bolsita cada vez más pequeña de cacahuates, vuelve a repetir que hacen conexión en Guadalajara y que van a Puerto Vallarta a una despedida de soltero. Yo pido un tequila Ollitas, él una cerveza con todo y lata. Luego de un trago largo me lee el pensamiento y me responde que son ingenieros. “¿También Elvis?”. Mi vecino de asiento afirma con la cabeza.

Por estar con el amigo de Elvis ni cuenta me doy del grupo de turistas que abordaron, perecían francesas, “con gusto las llevaba a una charreada”, pienso, y mi idilio se rompe con el llanto de los cuatro bebés. Seguro que la presión del avión les hizo ¡pum! en el oído. Me parecen insoportables. Así como magníficos los tatuajes de una pareja que se ven coloreadamente enamorados.

Ellos fueron los últimos en abordar. Traen cosidos a la piel tantos piercing, que deben de haber vuelto loca a la máquina detectora de metales. Ellos no tienen cara fifí, me digo y me pregunto, ¿cuántos de ellos, que sólo buscan movilidad eficiente se sentirán fifís? ¿Les importará que se cancele un aeropuerto que movería a 125 millones de pasajeros al año? “A Elvis sí”, responde mi vecino de asiento, me volvió a leer el pensamiento, “Él es de allá”, afirma. “Le dicen el Elvis de Texcoco”.
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