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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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30 Octubre 2018 04:00:00
En busca de la Santa Muerte
Santa Muerte poderosa, que este Día de los Muertos te aparecerás en cada vez más panteones de México, no en cualquier cementerio ni en cualquier lugar del escogido.

Te aparecerás en los de tercera clase, en la orilla, en las tumbas humildes, en las que el pueblo depauperado pone sus imágenes para esperar el milagro.

Del que reza y pide: “santa, flaquita, mi niña, santa Madre sígueme cubriendo con tu manto, sígueme protegiendo y sé que contigo nada me va a pasar”.

Dualidad entre el ángel de luz y el demonio vengador. No sólo santa sino santísima, la única santa que de verdad entiende a los niños de la calle y la única esperanza en la que ellos creen, aunque traigan el chemo adentro y no alcancen a entender nada más que eso.

Y no digan que es un símbolo extranjero ni parte de una invasión actual, porque su nacimiento tiene muchos más siglos que la virgencita del Tepeyac, antes de que la cruz dominara México.

Ella reinaba, junto a su consorte, en Mictlán, la región de los muertos, en todo el imperio mexica. Era (es) Mictecacihuatl, de quien vi, en la XVII Muestra Nacional e Internacional de Antigüedades y Arte en Saltillo, en agosto del 2011, una representación increíble adentro de una imagen de la Virgen de Guadalupe tallada en un tronco de árbol, a quienes los nativos adoraban adorando realmente a la señora de Mictlán.

Era una obra de arte dentro de una estatua religiosa, ya insinuándose la figura de la hereje Santa.

Pero su renacimiento actual fue en Catemaco, lugar de magia, en donde el culto se prohibió ipso facto por la Iglesia católica, tachándolo de satanismo.

En el año 2000, la Iglesia Santa Católica Apostólica Tradicional Mex-USA pide su registro como asociación religiosa, y primero se le otorga y luego de le retira cuando empieza a tomar fuerza entre el lumpen proletariado.

Hace quince años se expuso la niña blanca por primera vez en un templo-aparador en el barrio de Tepito, en la calle de Alfarería, devoción emergente y deidad de la crisis, imagen resignificada con cientos de años de existencia perseguida, altar levantado por la fe de la gente, como antídoto a la sensación de catástrofe y caos, “poder muy bonito y energía muy pura que da la flaca”, dicen sus líderes y seguidores de esa iglesia conservada de siglos por el mexicano pueblo, por el pueblo bueno que sabe porque sabe, imagen sincrética en la que cada devoto la viste, la adorna y le reza como su necesidad le da a entender.

La Santa Muerte no tiene color y cada uno le otorga su representación. Son siete colores: plateado dinero, amarillo salud, rojo amor, verde esperanza, azul armonía, negro protección y blanco suerte, esos son los colores y cada quien le da su equivalencia, pero su personalidad es la proyección del yo ideal del creyente, así que se parece a cada uno de sus adoradores, como si de un espejo mágico se tratara.

El culto se ha extendido entre los que sufren de hambre y de miseria, 5 millones de almas en la última cuenta, pero el impulso mayor a la tradición la niña lo recibió de las cárceles, en ese lugar donde la muerte civil es de derecho y la moral de facto, donde consiguieron una madre que no los olvidó encarcelados, donde a pesar de que la Virgen de Guadalupe les dio la vida, no tiene el poder que sí posee la Santa Muerte para conservarla.

El milagro siempre está en la liberación del cuerpo de la prisión real, sin abstracciones. Nada de eso, que el espíritu es el que vuela libre. Quiero salir de este infierno y sólo la Santa Muerte me puede hacer un milagro de esos.

Y todos sus fieles coinciden en que es una niña muy hermosa, muy preciosa, transformando para el buen pueblo los patrones de belleza impuestos por una cultura dominante que en general están muy lejos de cubrir: ya no hay ojos azules, simplemente cuencas vacías y cara descarnada, sin piel blanca.

Santísima muerte bendita, ángel de Dios, justísima muerte, esencia de luz y fuerza, emoción que estaba soterrada, identidad del México profundo, con su primer templo en Tepito, santuarios en Tultitlán, Ecatepec y catedral en Pachuca, en donde su sacerdote dice que si se llega a los brazos de ella es porque lo pide Dios, que es nuestro padre.

La santa trabaja junto a otro, que tiene “una fuerza muy fuerte”, Malverde, ser humano que se convierte en santo para ayudar a los humildes y a los narcos, con el refuerzo del angelito negro, Luzbel, demonio fuerte que cuida a los niños, (más que Satán, Baphomet) y la misión de todos es salvar de la opresión, la miseria, el dolor y la mentira.

Este es el nuevo panteón del pueblo mexicano, con ritos que vienen de una tradición más profunda, soterrada y oscura: nuestros dioses arcaicos, Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl, dios y diosa de la muerte, la oscuridad y de Mictlán, la región de los muertos, de donde salen una vez al año nuestros difuntos para visitarnos.
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