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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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03 Octubre 2019 04:09:00
Enfermos
Hay cosas que duelen, por el hecho en sí, y un poco más por sus implicaciones.

Un pequeño de solo 3 años fue brutalmente abusado en un kínder. A la hora del recreo, según su propio testimonio, compañeritos lo maniataron y agredieron sexualmente.

El asunto es brutal y más si tomamos en cuenta las reacciones iniciales de maestros y responsables del plantel, que intentaron minimizar el hecho. Hubo incluso una maestra que se atrevió a decir que al niño se le perdió una moneda y que por eso lloraba, cuando un médico legista de la Fiscalía acreditó la agresión sexual.

Cuánta bajeza, cuánta estupidez. Intentar ocultar las cosas para no afectar la imagen de un kínder cuando está en juego la salud física y emocional de un niño.

Y lo más grave, que los agresores presuntamente fueron otros niños, pequeños de kínder que tal vez pensaron que era divertido agredir, como lo hicieron, a un compañerito.

Sin pretender exagerar, cabría preguntar: ¿Qué clase de monstruos se están gestando en nuestras escuelas? ¿Qué clase de monstruos se alimentan en nuestros hogares? ¿Qué se debe hacer con estos niños que, a su escasos 4 o 5 años, son capaces de hacer lo que hicieron? ¿Qué clase de adultos serán en el futuro cercano?

Sí, hay hechos que lastiman por sí mismos, pero también por sus implicaciones, y lo que dibuja este caso es verdaderamente espeluznante.
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