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Fausto Fernández Ponte
Fausto Fernández Ponte
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Don fausto fernández ponte es poseedor de un impresionante y sólido currículum: 50 años de periodista profesional. Su opinión y columnas periodísticas son respetadas en ese ámbito, por el prestigio que a pulso se ha ganado, es considerado una autoridad en su campo. Además de corresponsal de guerra, ha entrevistado a jefes de estado y de gobierno de la talla de Lyndon B. Johnson, Richard M. Nixon, Indira Gandhi y William Clinton.

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23 Diciembre 2009 04:00:36
Esperanzas y realismos
Nuestro gran reto es discernir la falsedad de la esperanza que nutre nuestra pasividad

I La esperanza, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Castellana, es un estado de ánimo en el cual “se nos presenta como posible lo que deseamos”. En el cristianismo es virtud teologal: se espera que Dios nos dé bienes que ha prometido.

Pero ese mismo diccionario consigna que la esperanza también es entendida para “indicar la improbabilidad de que se logre o suceda algo”. La filosofía y la ciencia de la psicología ofrecen definiciones que nos amplían la comprensión de la esperanza. La filosofía identifica a la esperanza como una emoción. Aristóteles la describe como “toda afección del alma acompañada de placer o de dolor”, por lo que se le vincula ora a la felicidad, ora a la infelicidad o la desgracia.

“La felicidad en el mundo moderno es casi imposible”, afirma Bertrand Russell: de allí –implica– la esperanza. La felicidad, añade en uno de sus textos más celebrados, “The conquest of happines”, es de dos clases: de corazón y de cabeza.

La psicología discurre que la esperanza es una “actitud o sentimiento que tiene una cualidad hedónica mixta, caracterizada por la idea del feliz resultado de sucesos futuros”. Esperar acontecimientos felices para uno, desgraciados para otro.

II Marx, Engels, Gramsci y Bobbio conciben la promoción de la esperanza social falsa en tesis similares: demagogia. Atole con el dedo. Esa noción se acerca a la de Zapata, a quien Madero y Carranza dieron esperanzas ilusorias para engañarlo y apaciguarlo.

Pero es obvio que el poder político doquiera el planeta fomenta la esperanza como medio de control social. En México ello no es la excepción, como se observa con nitidez particularmente hoy, tiempos de grandes padecimientos sociales y peligros.

Cierto. El poder político del Estado mexicano y, en particular, sus personeros de vena panista y priísta, usa artificios de esperanzas ficticias con propósito estratégico: consolidar su existencia y prevaleciendo para llevar adelante su proyecto.

III En ese empeño, la religión organizada para fines de poder y grandes negocios (y pillaje de México) ha sido central en cincelar en la psique colectiva del mexicano la noción de que la esperanza (“Dios dirá” o “Dios quiera”) es asidero de subsistencia.

Fomentar desde el poder político esperanzas simuladoras es parte de la cultura de la dominación, propia de los demagogos que, en el caso, es evidentísimo. El poder político describe la realidad con optimismo fuera de lugar. Llama “catarrito” a la pulmonía.

El gran reto de nuestra existencia nacional no es el de dejarles el país a los pillos saqueadores en el poder político del Estado, traidores a México según incontrovertibles, evidencias, sino discernir la falsedad de la esperanza que nutre nuestra pasividad.

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