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Gerardo Hernández
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11 Septiembre 2019 04:06:00
Estadistas, no caudillos
Con el dedo pulgar derecho en alto, en señal de aprobación, y la mano izquierda cerrada, para denotar firmeza, el presidente López Obrador anuncia en uno de los promocionales de su primer informe: «Los compromisos se cumplen. Separamos el poder político del poder económico». En su discurso de toma de posesión dijo que una de las insignias de su Administración sería justamente esa. «El Gobierno ya no va a ser un simple facilitador para el saqueo (…). Ya no va a ser un comité al servicio de una minoría rapaz».

AMLO ya ha dado varios golpes con el puño izquierdo. Entre el 28 de mayo y el 10 de julio pasados fueron detenidos el presidente de Altos Hornos de México, Alonso Ancira, en Mallorca, España, y el influyente abogado Juan Collado. El primero, por la reventa de una planta obsoleta (Agro Nitrogenados) a Pemex por encima de su valor real; y el segundo, por supuesto lavado de dinero y delincuencia organizada. El exdirector de la petrolera, Emilio Lozoya, se encuentra prófugo, acusado de delitos de corrupción, uno de ellos vinculado con la transnacional Odebrecht, la cual habría financiado parte de la campaña de Peña Nieto.

En su mensaje inaugural, AMLO denunció ante Peña: «El distintivo del neoliberalismo es la corrupción. Suena fuerte, pero privatización ha sido en México sinónimo de corrupción. (…) casi siempre ha existido este mal en nuestro país, pero lo sucedido durante el periodo neoliberal no tiene precedente en estos tiempos que el sistema en su conjunto ha operado para la corrupción. El poder político y el poder económico se han alimentado y nutrido mutuamente y se ha implantado como modus operandi el robo de los bienes del pueblo y de las riquezas de la nación».

La repulsión del Presidente al neoliberalismo y al sometimiento del poder político al económico no son nuevas. En la sucesión de 1988 se adhirió a la Corriente Democrática -el ala izquierda del PRI- contra la candidatura de Carlos Salinas de Gortari, quien profundizaría el modelo económico implantado en el gobierno de Miguel de la Madrid y abriría las puertas al «capitalismo de compadres» con la privatización de Telmex, AHMSA, TV Azteca y cerca de 400 empresas más, antes propiedad del Estado. AMLO renunció al PRI para apoyar a Cuauhtémoc Cárdenas, postulado por el Frente Democrático Nacional, coalición de partidos de izquierda, pero fue vencido por Salinas en una elección fraudulenta.

Basado en la legitimidad que no tuvieron sus predecesores -excepto Vicente Fox, quien dilapidó el capital de la alternancia en banalidades y fuegos artificiales-, AMLO pretende recuperar el espíritu republicano y las potestades perdidas o cedidas por el Estado en los 36 años del periodo neoliberal para hacer posible la Cuarta Transformación. Ello explica la prisa por cambiar el régimen, la austeridad a rajatabla, el recelo hacia la sociedad civil y el intento por desaparecer o controlar los organismos autónomos.

Algunas iniciativas son buenas y merecen apoyo, como el combate a la corrupción y la impunidad y la atención a los pobres; otras no, pues ponen en riesgo avances democráticos conseguidos según la fórmula churchilliana de «sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». El país no necesita presidentes imperiales ni caudillos, sino estadistas que piensen en las futuras generaciones, no en la siguiente elección (Bismarck) o, peor aún, en su propia reelección.
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