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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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20 Febrero 2020 04:01:00
Estado de La Laguna (1)
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La creación del Estado de La Laguna en un territorio segregado a Coahuila y a Durango es una idea que permanece larvada desde hace mucho tiempo, y de vez en cuando toma impulso y vuelve a colocarse en la mesa de las discusiones. Ahora ha sido el diputado Porfirio Muñoz Ledo el encargado de dar nuevo impulso al anhelo de muchos laguneros. Uno de los políticos de mayor experiencia en México, sobreviviente de infinidad de rupturas con cuanto partido político ha pertenecido, Muñoz Ledo relanzó la idea repitiendo el discurso del supuesto abandono de La Laguna por parte de los gobiernos de Coahuila y de Durango. La segregación, agregó, detonaría una etapa de desarrollo inédita para la comarca.

Como era previsible, la excitativa de Porfirio encontró eco en algunos grupos que de una u otra manera han promovido el proyecto. Incluso existe una organización llamada Ella (Estado de La Laguna, por sus iniciales), que no quita el dedo del renglón.

El separatismo lagunero y sus anhelos de soberanía tienen profundas raíces históricas y económicas. Para empezar, sus tres principales ciudades -Torreón, Gómez Palacio y Lerdo- son una isla, no rodeada de mar, pero sí distante casi 200 kilómetros de cualquier asentamiento humano de cierta importancia: Durango, Saltillo y Monclova.

Otro factor de identidad y de cohesión, el cual numerosos laguneros de hoy añoran, fue el floreciente monocultivo del algodón. El “oro blanco”, como se le llamaba, convirtió a la comarca en región de gran dinamismo y una de las más prósperas del país desde principios del siglo pasado, pero la aparición en el horizonte de competidores con gastos de producción más bajos marcó el descenso del cultivo. La mayor parte de las tierras de la comarca dedicadas a la agricultura dependen de agua bombeada a cada vez más profundidad, mientras el Nilo y el Mississippi dispensan sus caudales prácticamente de manera gratuita.

Lo anterior obligó a una profunda reconversión de la economía regional, la cual ha sido exitosa principalmente en el ramo industrial y comercial, pero que hubo de enfrentar el desmantelamiento del ejido, provocando problemas de empleo.

El Gobierno federal también hizo su parte para consolidar el fenómeno. Durante el Porfiriato, La Laguna fue la joya de la corona de los logros del régimen en materia económica. Esta suerte de dependencia del Gobierno central se agudizó en la Presidencia de Lázaro Cárdenas. El reparto agrario y su puntal de financiamiento, el Banco Nacional de Crédito Ejidal, fortalecieron la relación de la comarca con el centro, que se volvió prioritaria para los ejidatarios. Saltillo y Durango no tenían vela en el entierro.

Hace un buen número de años volé a Torreón con un gobernador de Coahuila. Antes de aterrizar, el Mandatario vio por la ventanilla una multitud de personas muy cerca de la pista. “¡Vaya recibimiento que nos prepararon!”, dijo satisfecho. Me permití poner en duda que ese fuera el comité de bienvenida que lo aguardaba. Me miró molesto. Sin embargo, minutos después, ya en tierra, nos dimos cuenta: la pequeña multitud, abundante en sombreros de palma, se arremolinaba en torno a otro avión que aterrizó poco después con un funcionario del Banco Ejidal, quien, luego supimos, tenía la encomienda de condonar deudas de los hombres del campo.

Con el desmantelamiento de los ejidos, Carlos Salinas de Gortari fue el encargado de romper ese añejo cordón umbilical.

(Continuará)
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